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 Mundos Paralelos.

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Things Fantastic
Criatura de Lilith



MensajeTema: Mundos Paralelos.   Jue Ene 06, 2011 1:00 am

A ver xDDDD Ha vuelto Mundos Paralelos, con todos los cambios y todo (no se como borrar el antiguo post, así que abro este mejor, con los cambios, que es todo, y eso)

Está todo cambiado, cualquier pregunta y eso, decidmelo y ya os aclaro.

Lo cambie porque no me gustaba al final, de todas formas la historia sigue siendo la misma, y la base también, repito, sino os enteráis, solo teneis que decirmelo ^^

Aquí van, hasta el cap 3.


1
Vida nueva
Rachel

Las primeras luces del día asomaban por el horizonte. Estaba despertando de mi sueño cuando noté algo apoyado en mi hombro; era Alex que dormía placidamente. No podía moverme, Alex pesaba demasiado para mí, y no quería despertarle, estaba muy cansado después del largo viaje desde California hasta Londres. Aún así podía mirar por la ventana. El cielo se iba iluminando poco a poco, dejando a tras los últimos rastros de oscuridad. Mi hermano empezó a abrir los ojos y el chofer se dio cuenta que ya habíamos despertado. Nuestro conductor era un hombre de unos cuarenta años, moreno y con el pelo un tanto canoso. Tenía unos ojos muy bonitos, verdes y aparentaba ser simpático. Hasta ahora se había portado muy bien con nosotros. Su nombre era David, y era el cochero oficial del internado St. Gaifen, uno de los más prestigiosos colegios de toda Europa.

Mi hermano pasaba todo el verano en casa. Él llevaba en el internado dos años. Mi padre, después de enterarse de que Alex, a sus dieciséis años, mantenía una relación con su profesora de matemáticas, decidió llevarle a un internado donde le educaran de la forma que debería de haberle educado él y mi madre. Pero debido a su “estresante” trabajo, que consistía en pasar el rato con su secretaría y amante, no tenía el suficiente tiempo. Y mi madre era otro caso aparte… Ella sabía de las infidelidades de mi padre, se las conocía de memoria, pero le daba igual. Mientras él cumpliera llevándole su sueldo a casa y pudiendo irse a sus spas, no tenía ningún problema. Quizá por eso me habían traído también a mí al internado. Su divorcio era inminente, y era más fácil para ellos librarse de sus hijos que empezar con juicios a ver quién no se queda con los críos. Porque mis padres no lucharían por quedarse con nosotros.

Mi cabeza se me volvió a ir en la cantidad de problemas en mi casa. Una buena familia, prestigiosa y adinerada no siempre es perfecta. La mía no era nada perfecta. Casi nunca veía a mis padres, y desde que mi hermano se fue al internado, tampoco compartíamos mucho tiempo que digamos. Así que nunca había sido muy sociable. Todos los que se consideraban mis amigos no eran otra cosa que estúpidos conocidos que nada sabían de mi vida. Los chicos con los que había salido y con los que me había liado, no más que un puñado de idiotas, mero entretenimiento.
Y ahora a empezar todo de nuevo… Lancé un suspiro, acomodando a Alex para que estuviera cómodo. Y sonreí mientras escuchaba su lenta respiración, tranquila. Él era la única persona que me importaba realmente. Por eso no me impuse en absoluto cuando me dijeron que me iban a llevar con él. Alex me había educado mejor que cualquiera de mis padres, hasta que se lo llevaron.
Le acaricié el pelo lentamente, apartándoselo de la cara. Alex era un chico atractivo, más que guapo. Moreno, esbelto, con unos ojos azules oscuros penetrantes, era la envidia de cualquier tipo. Y sus novias las de cualquier chica.

Circulábamos a una velocidad lenta. Para ser un internado muy pijo el coche que nos llevaba era de lo más normalito. Y para colmo, la carretera estaba llena de baches, perdida en medio de la nada, a las afueras de Londres. De pronto todo el horizonte se volvió negro, y el conductor hizo una rápida maniobra. El tiempo se paró, mientras el coche iba dando lentos tumbos, como si fuera a caer por algún precipicio. Todo se volvía más negro cada vez, y ni Alex ni el conductor parecían darse cuenta.

Y entonces el coche calló.

No se donde, ni de qué forma, pero todo pasó rápido. Chillé. Sacudí a Alex, mientras varias palabras mal sonantes salían de mi boca. La gravedad se estaba perdiendo y Alex no se despertaba. El conductor seguía intentando poner arreglo a la situación con una tranquilidad alarmante.

Y todo volvió a la normalidad. Tan rápido como había venido, se fue.
Volví a sacudir a Alex, sin saber qué decir, mirando a mi alrededor, confusa. Estábamos en el mismo lugar que antes. El mismo paisaje, el mismo ambiente, la misma situación en medio de ningún sitio.

-¿Qué pasa? –dijo mi hermano despertándose lentamente y alzando la cabeza de mi hombro.
-No se, primero todo fue negro, y después… -mis ojos miraban a ninguna parte. Estaba tan perdida… que ya no sabía ni donde estaba.
-Ey, ey, Rachel, ¿qué te pasa? Estás como ida. ¿Qué ha pasado? –Alex estaba preocupado, se le notaba en la cara.
-No… no se… -balbuceé.
-Señorita, -de pronto, la voz del conductor me pareció que tenía un tono raro, un tono de advertencia. –Estaba durmiendo, ¿no se acuerda? Y se acaba de despertar, diciendo esas cosas… Quizá todo fue un sueño, ¿no cree?

Y sí, entonces lo recordé todo. Me vi a mí misma soñando con la oscuridad, y con la caída del coche. Todo había sido un maldito sueño.

-Claro, claro, que tonta que he sido… -miré a mi hermano. –Alex, estaba muy confusa, y…
-Da igual, tonta. Anda, duerme otro poco, hasta que lleguemos, ¿vale?



* * * * *



El St. Gaifen era un edificio peculiar, parecía perdido en el tiempo, como si no perteneciera a la época actual. Más tarde Alex me explicó que era porque tenía muchos años de antigüedad, y que era normal que no supiera ubicarlo en el tiempo. Nadie sabe exactamente cuando fue construido, aunque su fachada, toda cubierta de piedra, se mantenía muy bien. Tenía tres plantas y varias torres, y detrás del edificio había un lago muy extenso, que según me dijo mi hermano, conectaba con el río Támesis, sin saber muy bien de que forma. El río se perdía en un punto no muy lejos del Támesis, por lo que se suponía que era un afluente del río, aunque no se sabía a ciencia cierta. Se suponía que el trayecto desconocido se hacía bajo tierra, aunque nadie se había molestado en estudiarlo.

La voz del cochero, que de pronto se me había olvidado su nombre, me sacó de mis pensamientos.


-Esperen aquí, señores. Voy a avisar al señor Deblash. –dijo el cochero y se fue hacia dentro.
-¿Quién es el señor Deblash? –le pregunté a mi hermano.
-Bah, un idiota. Es el director de aquí, y es un verdadero capullo. Ahora tendrás el placer de conocerle. Ya verás como te cae bien y todo.
-No todos somos tan exigentes con las personas, Alex. –le dije a mi hermano mofándome de él. Había oída hablar del director cuando Alex venía a casa para pasar las vacaciones. Por lo que él decía, se tenían un odio mutuo. Él era una de las razones por las que habías venido a instalarnos en el internado tan pronto, cuando quedaba todavía casi un mes para que empezaran las clases y la mayoría de los alumnos todavía tenían vacaciones. Alex era uno de esos “alumnos problemáticos” que tenían que ir antes, como castigo. Y como yo era nueva en esto, pues se había considerado oportuno que llegara yo también un poco antes, para acostumbrarme.
-Buenos días, señor y señorita Stuart. –dijo el que debía ser el señor Deblash, mientras salía de la enorme puerta principal, vestido con un traje negro y una corbata roja. Tenía rasgos que indicaban que no era inglés, sino más bien algo por definir. Había viajado mucho, y había contemplado muchos rostros diferentes, chinos, españoles, portugueses, italianos, franceses, y claro, ingleses, pero jamás había visto a alguien como él.
Era realmente atractivo. Tenía los ojos negros como el carbón y un pelo tan negro, que a veces parecía desprender algún reflejo azulado. Era alto, y por la expresión y las arrugas de su cara, tenía algo más de cuarenta años.
-Señor Deblash, -saludó mi hermano forzando una sonrisa, intentando ocultar lo mal que le caía el director en cuestión.
-Señorita Stuart, estaba deseando conocerla. –el director ignoró totalmente a mi hermano, dirigiendo su mirada hacia mí, sin importarle si quiera el intento de agrado de Alex. –Mi nombre es Julio Deblash, y soy el director del que será a partir de ahora su hogar. Me han llegado bastantes buenas referencias acerca de usted desde su antiguo instituto. –Fue entonces cuando Julio Deblash se giró a mi hermano, y le miró como quien mira a algún objeto, sin apenas expresión en la cara. –Y otras no tan buenas, ¿verdad, Alex?
-Si se refiere a mí, ella no es como yo. –mi hermano sonrió irónicamente, retándole con la mirada.
-No me refería a eso, -entonces volvió a mirarme. -¿Usted sabe a lo que me refiero, Rachel? –Tampoco había expresión en su cara cuando me miraba a mí, y a pesar del tono frío con el que me hablaba, no me dio ningún miedo.
-Bueno, si se refiere a mis notas, usted mismo habrá podido juzgar. Si se refiere a comportamiento, he tenido mis más, y mis menos. Y si se refiere a chicos…
-¿Ves, como sí que me entendió? –Julio se río, cruelmente. –Chicos, alcohol, sexo, y… ¿drogas, señorita Rachel?
-¿Pero qué me está contando? Sí, he bebido, sí, he salido con chicos, pero lo demás, es mentira.
-Entonces, ¿por qué está aquí, si se puede saber? –tanto mi hermano como el hombre que se acababa de convertir en mi enemigo, me miraban fijamente. En cierto modo tenía razón. Siempre que mis padres me habían propuesto venir a este lugar me había negado en rotundo. Hasta el año pasado. Pero eso era algo que a este señor no le incumbía. Mis motivos, eran míos. Así que guardé silencio.
-¿Ve? –volvió a reír, mientras se apartaba ligeramente de la entrada. –Pasen, pasen, le dije a David que dejara sus cosas en sus respectivas habitaciones. Ahora, si son tan amables, les acompañaré a sus dormitorios, respectivamente.



* * * * *


Esa noche dormí bastante mal.
Solamente había siete alumnos más, aparte de mi hermano y yo, y eso hacía que me sintiera incómoda y sola.
Así que sigilosamente, busqué el dormitorio de Alex.

Para mi sorpresa, cuando entré, él todavía no estaba durmiendo, sino que sostenía uno de esos comic que tanto le gustaban a él leer.
Su habitación era igual que la mía. Las dos tenían tres camas, y solamente la suya estaba provista de mantas para poder pasar la noche. Había un gran escritorio, donde cabían tres sillas, y tres armarios, colocados respectivamente al lado de una cama cada uno.
No se sorprendió al verme, es más, actuó tal y como si me hubiera estado esperando.

-¿No puedes dormir? –me preguntó, haciéndome un hueco en su cama.
-Que va… Todo esto es tan raro. –me tapé con su manta, haciéndome un ovillo para no notar el frío. En Londres siempre hace frío.
-Fuiste tú la que decidiste venir aquí, nadie te obligó, enana. –Alex me llamaba así siempre que quería demostrarme su cariño. Él era tan solo un año mayor que yo, aunque había suspendido un curso, por lo que en teoría deberíamos estar en la misma clase.
-Bueno, sí. Ya sabes, la situación en casa era… insostenible. –le constaté yo, hablando todo lo segura de mí misma como podía.
-Sí, eso no cambia. Todos los veranos igual. ¿Sabes qué hay peor que las peleas, los insultos, las riñas? La indiferencia. –Alex parecía triste, así que le abracé lentamente, entendiendo lo que me quería decir. –Papá y mamá… ya no discuten, ya no se insultan… Simplemente, pasan. Es…
-Insoportable. –finalicé yo por él. Alex no estaba acostumbrado a todo los días lo mismo. Él no había sufrido tanto como yo la situación en nuestra casa. Él estaba lejos, claro, y no se daba cuenta, o si lo hacía, no parecía aparentarlo. Y además, él siempre había sido más débil que yo, incluso aunque yo fuera la pequeña. Todavía no había asimilado que ya no había nada que hacer con la relación entre nuestros padres. Y era ahora, mientras yo le abrazaba, intentando consolarle de algo de lo que jamás a mí me consolaron, cuando estaba admitiéndolo todo.
-¿Durmamos, sí? Mañana será un día largo… -él me dio un beso en la frente, sonoro, de los que más me gustaban, y abrazados, como dos niños demasiado mayores para ser inocentes que se habían quedado solos, dormimos.


2
Chicos
Rachel


Los rayos de luz que ya empezaba a asomarse por la ventana me despertaron. Y lo primero que hice cuando intenté levantarme fue darme en la cabeza con algo duro, muy duro. Solté una maldición, y miré hacia ese objeto que probablemente se había llevado una gran parte de mis neuronas. Una estantería vacía, con polvo. Estornudé. El polvo se me había metido en la nariz. La estantería era pequeña, de imitación a madera. Hubiera jurado que no estaba ahí cuando anoche me acosté en…
Espera, ¿dónde estaba?
Mi cabeza no quería situarse, no quería recordar qué hacía yo en esa habitación, en esa cama que no era mía, sola.
No fue hasta que no miré una insignia colgada en la pared cuando me percaté de todo. Era el escudo del St. Gaifen, y yo estaba allí, en la cama de mi hermano. Me paré a mirar detenidamente el escudo, mientras pasaba mi mano por el lugar donde me había cascado el golpe. Era simple, pero elegante. Estaba formado por un león con la boca abierta, que con el rabo sujetaba dos espadas.
Aparté la mirada del escudo y miré a mí alrededor. Mi hermano no estaba, se había largado y me había dejado sola. Al saber donde estaría…
Me dejé caer en la cama, mirando al techo, con las manos estiradas. La habitación estaba muy vacía, se notaba que hacía meses que nadie la habitaba. No había ni un maldito espejo donde poder mirarse.
Me levanté con cuidado, un poco mareada por el golpe y salí de la habitación sin hacer ruido.
Vale, primer objetivo: volver a mi habitación sin llamar la atención. Antes de salir del todo me percaté de que no había nadie por los pasillos, ya que iba vestida con el pijama, tenía toda la demás ropa en mi cuarto y no era plan de que algún desconocido se me quedara mirando con cara rara.
Cuando estuve segura de que no había nadie, salí.
Al final no me resultó tan difícil llegar a mi habitación, solo tenía que probar una y otra vez con los diferentes pasillos que había (que parecían verdaderos laberintos, no sé como me las pude apañar para llegar a la habitación de mi hermano tan fácilmente).
Cuando estaba girando dispuesta a entrar por fin en el pasillo que daba a mi habitación, me quedé contemplando un cuadro hermoso. Era de los pocos adornos que había visto desde que había llegado, todo estaba vacío. Le pregunté a Alex sobre la decoración, y me dijo que durante los veranos se guardan las cosas, para no tener que limpiarlas y que se mantengan en mejor estado.
En el cuadro el internado, dibujado con óleo, solo que dos o tres siglos antes. No había cambiado mucho, el mismo ambiente de no pertenecer a esa edad, de estar colocado al azar en un lugar, esa atmósfera solitaria que tanto me había llamado la atención permanecía plasmada incluso en el cuadro.
Me quedé embobada, literalmente. Las líneas eran poco marcadas, y el lago reflejaba la luz del sol. Cuando estaba apunto de irme, una voz sonó cerca de mí.
-Realmente precioso, ¿no es cierto? –dijo una voz preciosa, aterciopelada, que provenía de algún chico. Dí un respingo, no me lo esperaba. Y encima en pijama, mierda. Me giré para presenciar al individuo que me estaba hablando cuando me di cuenta que él estaba más cerca de lo que yo había imaginado. En cuanto me giré pude ver una camiseta blanca con unas letras negras donde podía leerse: Sum 41. Alcé la vista y me encontré con que unos ojos azules me miraban fijamente. Un chico realmente guapo estaba frente a mí. Una melena cortita y muy morena le caía ligeramente por la cabeza. El color negro azabache de su cabello resaltaba sus ojos. O mejor dicho, ojazos, que eran grandes y hermosos. Estábamos tan cerca que pude sentir su aliento. Llevaba puestos unos cascos, que se perdían por debajo de la camiseta hasta uno de sus bolsillos. Era bastante alto, bastante más alto que yo, y eso que yo nunca me había considerado bajita. Ahora tendría que planteármelo. Las líneas de su rostro eran marcadas, tenía una mandíbula muy masculina, que le daba a su rostro con rasgos femeninos, el toque característico de un chico. Nunca había visto a un chico que fuera guapo y atractivo a la vez. Los chicos que eran guapos solían tener un rostro muy afeminado, mientras que los atractivos eran “más hombres”. El chico misterioso llevaba las dos marcas en sí mismo.
Me aparté un poco, incomoda, y para poder mirarle un poco mejor. Llevaba unos vaqueros grises, y tenía las manos metidas en los bolsillos, y me miraba directamente a los ojos, con una seguridad admirable.
–Fue pintado hace muchísimo tiempo, y desde que yo estoy aquí, él también. Y eso que yo llevo aquí ya mucho tiempo –el chico sonrío y apartó su mirada de mí, posándola en el cuadro –Es hermoso, ¿verdad?
-Sí, es realmente bonito. –mi voz no fue menos segura que la suya, y yo también aparté la mirada de él. Me sentí un poco avergonzada. Un poco no eran las palabras correctas, me sentí muy avergonzada. Iba en pijama, y él iba vestido como cualquier día normal. Aunque yo diría que ese aire tan sexy no podía llevarlo alguien normalmente. Pero hice como si nada, manteniendo el tono de voz –Pero mira, ¿ves aquí? –le dije señalando el cuadro. –La línea del lago está mal dibujada, debería de estar recta y hacer que los tonos de las montañas hagan que parezca que está curva. El autor no se complicó, simplemente lo dibujo tal cual lo veía. Y eso demuestra muy poco de su inteligencia.
-Y… ¿eso deja mucho que desear? –noté cierto tono de burla en sus palabras, pero hice como si no me hubiera dado cuenta.
-Bueno, lo que sí indica es que no es tan buen pintor. Y que para hacer un cuadro bonito no es necesario serlo.
-Pero… ¿y si lo hizo a posta? Para que personas como tú, se dieran cuenta de su fallo. Supongo que una persona que no tenga ni idea sobre pintura, no puede darse cuenta de estas cosas. Quizá el autor estaba buscando verdadera inteligencia. Ojos calculadores, que lo miren todo, analizándolo. Corrígeme si me equivoco…
-O, claro que te equivocas. ¿O es quizá, más bien, que intentas analizarme a mí? –sonreí, apartando la cara del cuadro. – Es un error del autor, créeme, de esto sé.
-Bueno, pues yo no afirmo tu teoría, por mucho que sepas. Y no te estoy analizando, no te conozco, ¿no? Yo conocí al autor.
-Venga ya. Mal chiste. –me reí a carcajada limpia. Este tío estaba loco, acababa de decir que el cuadro tenía muchísimo tiempo.
-No me creas si no quieres, allá tú. –él seguía sin apartar esa sonrisa estúpida de saberlo todo, como burlándose de mí. Y entonces, se giró y se fue alejando andando, sin sacar las manos de los bolsillos. Cuando estaba a punto de girarse hacia otro de los pasillos, levantó la mano en signo de despedida y se fue. Y aunque no le había visto la cara, sé que en ningún momento dejó de sonreír. Y lo peor es que tenía una sonrisa bonita, a pesar de que sabía que se estaba riendo de mí.




* * * * *

Deshice la maleta lentamente, intentando poner todo en su sitio. Los pantalones vaqueros, con los vaqueros. Las camisetas de deporte, con las de deporte. La ropa de salir, con la ropa de salir (aunque no sabía cuantas fiestas se podrían hacer por aquí). Todo en orden.
También limpié todo el polvo que tenía la habitación, que no era poco. Las limpiadoras no venían hasta la semana siguiente, y además, según tenía entendido, la cama me la tenía que hacer yo solita todos los días. Bueno, a mí mientras no me tocaran mis cosas…
Y por último, saqué mi diario. Tenía que buscar un sitio adecuado donde poder guardarlo, porque no quería que nadie lo leyera. Entonces me puse a pensar: debajo de la cama sería demasiado típico, es el primer sitio donde se mira. Y entonces busqué algún rincón entre los cajones del escritorio. Nada. Ningún sitio donde poder esconderlo. Luego miré en el armario, y como no encontraba nada mejor, lo escondí debajo de un montón de ropa. Ahí se quedaría hasta que encontrara algo mejor.
Hice mi cama, que estaba deshecha de anoche, y cogí el champú para ir a ducharme. Por suerte cada habitación tenía su propio cuarto, y aunque eran bastante pequeños, menos era nada, ¿no? Me desnudé y por fin me miré en un espejo. Había tenido días mejores, estaba claro.

Mi cara estaba llena de ojeras y tenía el pelo descontrolado. Mis ojos negros tenían menos color que normalmente, y estaba pálida, y yo nunca estaba pálida. Mi pelo castaño oscuro y mi piel acaramelada, igual que la de mi hermano, eran de todo menos pálidas. Había heredado el color de piel de mi madre, aunque no nos parecíamos en nada más. Yo era igualita a mi padre. Había heredado sus ojos grandes, negros y profundos, la melena negra y los rasgos ingleses que tanto me caracterizaban, y que contrastaban mucho con mi color de piel. En fin, era una inglesa bronceada, ¿dónde se había visto eso?

Me metí en la ducha y sólo empecé a relajarme cuando el agua caliente empezó a cubrir mi piel.

Era un verdadero alivio poder sentirme otra vez tranquila. Las largas horas de viaje me había dejado tan muerta que se reflejaba hasta en mi rostro. Por fin podía pensar con algo más de claridad.

Cuando salí de la ducha lo primero que noté es que tenía hambre. Así que me vestí con lo primero que pillé y me dirigí a buscar el comedor.
Por suerte el desayuno acababa de comenzar, y estaba todo vacío. Solamente había dos mesas con comida, y solo había una persona en la sala, mi hermano.

-Buenos días, dormilona. –miré el reloj rápidamente para comprobar la hora mientras me sentaba.
-¿Dormilona? Son las diez, Alex.
-Claro, y esta hora es tarde. Cuando empiecen las clases te levantarás a las siete, con suerte.

Le pregunté donde se había metido, y me dijo que se había ido a buscar a un amigo que ya estaba allí, para echar un partido de fútbol, y que luego había venido al comedor y me había encontrado ya allí. Mientras desayunábamos llegaron otras dos chicas, que iban discutiendo.

-No, Narcisa, no, ahora no me vengas con chorradas. Tenemos a otra en la habitación, y no, no me hace ninguna gracia. –dijo la primera de las chicas, una morenaza alta con un bonito cuerpo esbelto. Por el tono de su voz, no parecía muy contenta.
-Vamos, si ni si quiera la conoces. Es que ya es por quejarte. –contestó la chica que debía de ser Narcisa. Esta chica era bastante más bajita que la otra, era rubia y tenía el pelo rizado. Era bastante monilla.
-¿Por quejarme? ¿Te recuerdo porqué estamos aquí? La última que nos metieron era una verdadera víbora al estilo de Natalie.

Mi hermano se levantó dirigiendo la mirada donde estaban y empezó a caminar hacia ellas. La chica rubia, en cuanto lo vio, se tiró a sus brazos. Alex reía, mientras miraba a la otra chica, que sin mirarle se sentó a mi lado. Parece que ella ni si quiera se dio cuenta de mi presencia, así que yo guardé silencio hasta que volvieron los otros dos.

-Hola, Carlota, -saludó mi hermano mientras se sentaba a mi lado. No fue hasta entonces cuando la chica morena alzó la vista. Primero miró a mi hermano, y luego se detuvo para contemplarme a mí.
-Hola, -dijo en un tono cortante y frío. Alex suspiró mirando a Narcisa.
-Chicas, esta es mi hermana, Rachel, -dijo sonriéndome, como si tratara de mostrar que no había pasado nada.
-Yo soy Narcisa, –dijo la chica rubia dirigiéndose a mí con una sonrisa. Mi reacción al escuchar no debió ser muy normal, porque me miró riéndose.
-No te preocupes. Cuando lo digo, todo el mundo reacciona igual.-dijo ella sonriendo.
-¿Sí?
-Sí. Hay personas que hasta se ríen. La verdad es que no me importa. No es que me guste mi nombre, pero es lo que ahí. Mis padres me lo pusieron porque les gustan mucho los narcisos. Ellos son una especie de hippies con dinero que no trabajan y deja a su hija en el internado más pijo de toda Europa. ¿Qué irónico, no? Y bueno, ¿tú eres la hermana del memo este?
-Sí, yo soy la afortunada. – me levanté para saludarla, y después me giré a la chica morena. –Hola, soy Rachel. –La chica morena se levantó y me devolvió la sonrisa, algo avergonzada.
-Soy Carlota, y perdona por lo de… -miró a Alex de refilón, pero no se estaba disculpando con él, sino conmigo. No supe qué contestar, así que le quité importancia al tema.
-Antes estabais hablando de que os habían metido a una chica en vuestra habitación, ¿no?
-Sí, todos los años Deblash mete al alguien estúpido en nuestra habitación para poder controlarnos, -dijo Carlota.
-Eso es lo que tú dices. Mira, Rachel, lo que pasa es que a Carlota no le caen bien ninguna de las compañeras de habitación que estamos teniendo en estos años, así que les hace la vida imposible, hasta que estas se largan de la habitación y nos culpan a nosotras. Y entre eso, todas las veces que nos saltamos las clases y las que lían constantemente tu hermano y los demás, tenemos que presentarnos aquí antes que nadie todos los años. Cuando yo nunca hago nada.
-Eso de que tú nunca haces nada tenía que ser votado, no os parece, ¿chicos? –alcé la vista para ver quien estaba hablando. Y me encontré con un verdadero chico guapo. Esta sonriendo mientras le revolvía el pelo a Narcisa y le guiñaba el ojo a Carlota. Luego se sentó al lado de mi hermano, dándose la mano como verdaderos hombres. Otro fantoche guapo, lo que me faltaba.

Entonces se giró y me miró, sonriéndome cálidamente. Se levantó y me plantó dos besos, sin que nadie me hubiera presentado.

-Soy Matt, ¿y tú eres?
-Mi hermana. –cortó fríamente mi hermano.
-Soy Rachel, más bien. –le sonreí irónicamente a mi hermano, y luego me giré a Matt. Era un chico castaño con los ojos marrones claros. Y estaba tremendamente bueno. Llevaba una sudadera azul y unos vaqueros pegados que le sentaban genial.
-Bueno, bueno, si queréis ligar dejadlo para mas tarde, ¿sí? Y menos con Alex presente, un poco de respeto. –Carlota miraba a Alex, medio riéndose por la expresión de su rostro. Alex iba a decir algo, algo que preví que no iba a ser muy bueno, pero Narcisa lo interrumpió antes de que empezara a hablar.
-Ya está, ¿vale? Vosotros dos, si no os soportáis, no tenemos porque darnos cuenta todos los demás. Y tú, Matt, deja de mirar a Rachel como si te la fueras a comer ahora mismo. Ale, terminemos todos de desayunar tranquilos sin que haya mas incidentes.

Y eso fue lo que hicimos, nos pusimos todos a comer tranquilamente. Ellos me hablaron de chorradas: de los profesores, de quien estaba con quien, de en todos los líos que estaban metidos…
Y cuando terminamos de comer decidimos ir a cambiarnos para ir a pasear por los alrededores del lago.

Nos fuimos para nuestros cuartos y al llegar a la puerta nos dimos cuenta de que la nueva infiltrada era yo.

-Bueno, lo malo de todo esto es que si me caes mal no tendré que enfrentarme solo a ti, sino a tu hermano y a Matt. –dijo Carlota riéndose mientras abrí su maleta. Había llegado hace una hora y no se habían parado ni si quiera para deshacer la maleta. Venían de pasar lo último día de vacaciones en casa de la tía de Narcisa, que vive que Roma, y había invitado también a Carlota para pasar allí una semana.
-Con mi hermano pase, ¿pero Matt? –dije yo algo confusa.
-A Matt le has gustado. Cuando a Matt le gusta alguien no para hasta que esa chica le hace caso. Así que está claro quien será el amor de este año de nuestro querido Matt.
-Vamos, Carlota, que lo conozco de diez minutos.
-En realidad de veinte, -dijo Narcisa riéndose. La miré alzando una ceja, y me pidió perdón con la mirada, pero seguía riendo.
-Bueno, venga, sosas, terminar de vestiros y vamos, que nos están esperando. Os espero fuera. –Carlota salió del cuarto y yo me quedé sola con Narcisa. Era el momento prefecto para preguntar lo que había pasado entre mi hermano y Carlota.
-Oye, Narcisa, ¿qué les pasa a Alex y a ella? –dije haciendo un gesto a la puerta.
-¿No lo sabes? –negué con la cabeza, subiéndome unos pantalones cortos. Todavía hacía la suficiente calor para poder ponérmelos. –Verás… Desde que se conocieron tu hermano y ella, bueno, se gustaron desde el principio, vamos. Así que empezaron a salir. Y un día Carlota pilló a Alex hablando con su maestra de matemáticas…
-¿Qué? –me quedé con la boca abierta. Según tenía entendido la muy guarra después de que mi hermano se fuera del colegio, había buscado al primer hombre con dinero y se había casado con él.
-Sí, lo que escuchas. Después de todo lo que había pasado seguían en contacto. Así que Carlota dejó a tu hermano, y me parece que a pesar de todo él sigue hablando con esa tipeja.
-No me lo puedo creer… - Claro, normal que ella estuviera así con mi hermano.
-Yo creía que lo sabías, por eso de que cambiaste de tema cuando Carlota, ya sabes.
-No, no, yo no sabía nada. Creía que, bueno, que había pasado algo entre ellos, pero no que Amelia estaba de por medio. –Amelia era la profesora de mi hermano.
-Bueno, pues ya lo sabes… Y así siguen. Alex intenta acercarse a ella, pero ella no quiere tener nada que ver con él, así que le contesta borde, y ya has visto la cara que ha puesto tu hermano cuando ella ha pasado de él. Creo que eso le jode más que ella le ignore.
-Pues se lo merece, por ser tan capullo. No me lo puedo creer, después de lo que hizo esa grandísima hija de…

Se abrió la puerta de pronto, y apareció Carlota. Narcisa y yo nos quedamos calladas de pronto, mirándola.

-¿Qué pasa? ¿Ha pasado un ángel? –nos quedamos las dos mirándola, sin saber qué decir. –Venga, anda, vámonos, que no soy tonta, y se os escuchaba desde fuera.



* * * * *



Cuando llegamos a donde habíamos quedado con los chicos (un salón en el que yo no había estado nunca) ellos llegaban esperándonos un buen rato.
Estaba sentados los dos sobre unos sillones redondos, charlando tranquilamente. El salón donde estábamos era el sitio donde se reunían todos los estudiantes en sus horas libres, el salón común de ambos géneros. Era bastante grande, y se encontraba muy vacío con las únicas siluetas de mi hermano y Matt. Ellos se habían cambiando los dos. Matt llevaba la misma sudadera azul de antes, pero había sustituido sus pantalones vaqueros por unos de chándal por debajo de la rodilla. Y mi hermano se había puesto todo de sport. Cuando me vio se acercó a mi y me rodeó con los brazos, y yo le dediqué una mirada de enfado. Él pareció darse cuenta, porque miró a Carlota lentamente y después a mí.

-Lo siento, no sabía como contártelo… -me susurró haciendo una mueca, mientras los demás charlaban animosamente.
-No deberías disculparte conmigo, sino con ella. Es tú vida, Alex, haz lo que quieras, pero en serio, no me lo puedo creer. – salimos del salón hacia uno de los largos pasillos del internado. Los demás estaban más adelantados, aunque miraban a veces para ver por dónde íbamos Alex y yo.
-No pude alejarme Rachel, tú no sabes como era ella.
-¿Amelia? Pero por Dios, Alejandro, sabes de sobra que ella era una puta víbora, que en cuanto te piraste, se casó con el primero que pasó.
-No tienes ni idea de lo que estás diciendo, Rachel, ni idea.
-Ah, claro. Ahora es cuando me dices que es una buena mujer, y que estaba obligada a eso, ¿no? Vamos, no creía que un tío tan listo como tú para esas cosas se dejara engañar por una chica como esa. Pero ya te lo he dicho, es tu vida, gobiérnatela como quieras. – me adelanté con los demás.

Siempre había tenido el don de gentes, se me daba muy bien congeniar con todo el mundo.


Estuvimos toda la mañana paseando tranquilamente, mientras hablábamos de cosas sin importancia. El lago era enorme, y estaba más lejos de lo que yo había pensado. Detrás estaba unas montañas, que no dejaban ver nada atrás suyo.
La verdad es que todo estaba precioso, la temperatura idónea para ir a dar un paseo.

Cuando llegamos a donde ya se podía ver la orilla del lago, decidieron que iban a darse un baño, pero yo no quise ir. No había traído el bañador. Matt se quedó haciéndome compañía, mientras los demás se metían al lago.

-Bueno, ¿qué? ¿Fue duro el viaje hasta Londres? –le pregunté mientras me sentaba sobre una roca.
-¿Viaje? Que va. Llevo aquí ya un mes.
-¿Un mes?
-Sí, suelo venir antes siempre. Mi madre está demasiado liada para que esté molestándola todo el verano.
-¿Y estás aquí solo?
-Bueno, viajo mucho a Londres. Deblash me deja que haga lo que quiera, mientras esté aquí para dormir, todo bien.
-Ah, ¿él no se va de aquí en el verano? Es decir, ¿vive aquí? –sabía que estaba siendo pesada con tantas preguntas, pero no tenía ni idea de nada.
-No, que va, él y su hijo viven aquí, aislados del mundo. Aparte de nosotros y dos o tres personas más, no hay nadie más en el internado. –cuando habló de su hijo se me vino a la mente el chico moreno. Lo había olvidado completamente.
-¿El hijo de Deblash?
-Sí, Robert. Pero es mejor no hablar de él, es el tío más gilipollas que hay en la tierra. –había resentimiento en su voz, y odio contenido, mucho odio. Pero yo dejé el tema, a pesar de la curiosidad que me despertaba ese tipo. Aunque claro, podría ser que no fuera el chico guapo misterioso. Incluso puede que todo fuera pura imaginación mía, debido al cansancio. Y si había sido mi imaginación, yo tenía una gran mente para buscar a tipos guapos que me ponga la carne de gallina.
-¿Rachel? ¿Me estás escuchando? –dijo Matt, sacándome de mis pensamientos.
-Sí, si, perdona. ¿Qué decías?
-Que no tienes que ser dura con tu hermano. Me ha dicho que te lo han contado, -puse cara de perdida, y él se aclaró la garganta para poder hablar. –Lo de Alex y Carlota.
-Ah, sí, eso. Bueno… No es que haya sido dura con él, solamente le he dicho lo que pienso. No lo hizo bien.
-No, no lo hizo bien… Pero supongo que tendría sus razones, ¿no?
-¿Y tú sabes esas razones? Porque él ni si quiera ha intentado justificarse, sino que la ha justificado a ella.

Algo se movió detrás de nosotros, entre unos árboles. Matt guardó silencio. Él también lo había oído. Y entonces, detrás de un árbol salió el chico con el que ya me había convencido que había soñado. Iba sonriendo, como cuando se despidió de mí, y ahora, con la luz del sol para poder verle mejor, sabía que no me había equivocado. Ese chico era verdaderamente guapo. Dio un salto para sobrepasar la roca en la que estaba sentada, y se quedó justo al otro lado de mí, dejándome entre Matt y él.

-Ya veo, Matías, que has vuelto esta mañana de Londres. Mi padre estaba muy enfadado contigo por no venir a dormir anoche. ¿Qué pasa? ¿Te entretuviste con alguna señorita de mala reputación? –el chico moreno miro a Matt, sonriendo irónicamente. Luego me miró a mí, y me guiñó el ojo dedicándome una sonrisa más cálida.
-¿Qué coño haces tú aquí, Deblash? ¿Ya te ha enviado tu papaíto a espiarnos? –eché una ojeada a Matt, y estaba furioso. Entonces me levanté, dándome cuenta de que parecía idiota ahí sentada.
-No me has presentado a tu compañera, ¿quién es?
-Estoy segura de que ella no quiera saber quien eres tú.
-Bueno, bueno, -fue entonces cuando decidí interrumpirlos. Esta discusión era absurda, yo no los conocía a penas a ninguno de los dos, y aún así ya estaba metiéndome en medio para que no se pegaran. –Primero, soy Rachel. Segundo, no os pido que os alegréis de veros, porque está claro que no os lleváis bien, pero, ¿es necesario esto?
-Sí. –dijo Matt.
-No. –dijo Robert.
-¡Vamos! ¿Es esto así siempre? –ellos estaba preparados para contestar, pero yo alcé la mano para pararlos. –No, mejor no contestéis.
-Yo solamente iba a decir que soy Robert. –así que al final sí que era el hijo del director, el gilipollas que acababa de nombrar Matt. –Un placer. –Él se acercó y me dio un beso en la mejilla, sin apenas rozar sus labios con mi piel. Me estremecí a ese pequeño contacto. Robert olía muy bien. Antes de que pasara si quiera un segundo, se apartó, sonriendo irónicamente mientras me contemplaba. – Y solo me pasaba para saludar, Matt. No te preocupes, ya os dejo a ti y a Rachel para que sigáis hablando. –dijo dirigiéndose a Matt. Luego volvió su vista a mí. – Y bueno, tú y yo ya nos volveremos a ver, supongo.











3
El chico misterioso
Robert


-Espera. –dijo la chica morena mientras yo me disponía a pirarme. Matt estaba furioso. Él y su afán de enamorarse de chicas a las que solo conoce de un rato, es patético. Me giré dispuesto a ver qué quería la chica nueva, Rachel, cuando vi que otro idiota, Alex, se acercaba a su lado. La familia al completo.
-¿Sí?
-¿Qué haces tú aquí, Deblash? –me dijo Alex, mientras me miraba con el ceño fruncido. Definitivamente no se alegraba de verme.
-Estaba dándome un pase, idiota. ¿Qué creéis, eh? ¿Qué sois tan importantes como para tener que estar detrás de vosotros?
-Eh, eh, eh. ¿Os queréis tranquilizar los tres ya? –dijo Rachel dirigiéndose a los tres, pero mirándome a mí. Su mirada era oscura, pero yo no la notaba así, es más, me parecía la mirada más limpia y clara que había podido contemplar nunca. Entonces fue cuando intenté meterme dentro de ella, pero no pude, me tenía totalmente bloqueado.
-Yo estaba apunto de irme, pero tú me paraste, te recuerdo, -me había enfadado, me había enfadado de verdad. La única persona que conseguía bloquearme era mi padre pero, ¿una simple cría? Eso jamás. –Y no se ni si quiera porque me he parado para escuchar a una chica como tú. -que me bloquea hasta hacerme tener dolor de cabeza. Me faltó decir eso, pero me lo callé. - Ten cuidad, solamente te estás rodeando de gilipollas. -Me giré y me fui, mientras hacia oídos sordos a los comentarios e insultos de esos estúpidos que no sabían nada. Era mejor así.

En cuanto estuve seguro de que no podían verme eché a correr. Y no fue hasta que noté que a penas pisaba el suelo por la velocidad cuando me di cuenta de que me había alejado demasiado del internado. Frené en seco, notando como el mundo se movía a mí alrededor y se estabilizaba justo cuando yo conseguía dejar de marearme.

-¿Qué coño…? –dije en voz alta, cuando abrí los ojos. Era cierto, esta vez había ido demasiado lejos. Dispuesto a volver al internado, pero esta vez más despacio, saqué mi iPod. Todo estaba muy calmado, muy tranquilo. Me había ido por la orilla del río, rodeando el lago del internado para que no me vieran, hacia donde el río se ocultaba.

Era uno de los sitios más bonitos del bosque. La vegetación ocultaba gran parte del agua, y solamente cuando estabas muy cerca podías ver el gran riachuelo rodeado de una espesa arboleda. El río no se ocultaba poco a poco, sino de pronto, lo que dejaba un dibujo enorme de una gota de agua muy profunda, que era conocido como el lago de las lágrimas.

Cuando estaba a punto de echar otra vez a correr cambié de opinión. Me apetecía tomarme un baño. Así que volví a guardar el iPod que ni si quiera había encendido en los pantalones vaqueros.

Me quité toda la ropa excepto los boxers, y la dejé sobre un montón de rocas cercanas al lago, para tenerlo todo controlado. Y después, sin pensármelo dos veces, salté al agua.

El lago no era muy hondo, pero a pesar de eso no llegué a tocar el suelo. Me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo mientras me sumergía, a pesar de que el agua estaba templada y poco a poco fui ascendiendo a la superficie.

En el momento en que mi cabeza salió del agua supe que alguien me estaba observando. Rápidamente miré hacia donde debía estar mi ropa, pero que ya no estaba. Sacudí la cabeza para que el agua de mi pelo se fuera, y seguidamente después escuché una risa que conocía demasiado bien.

-¿Dónde está tu ropa, eh, Robert? –Natalie estaba en la orilla, observándome con una sonrisa pícara mientras hacía girar mi iPod en su mano, coquetamente. Llevaba una falda corta, muy corta, y si mi memoria no me fallaba, era nueva, porque nunca antes la había visto. Su melena rubia relucía por el fuerte sol, y caía por sus hombros desnudos. Fui bajando por su torso con mi mirada, fijándome en su camiseta de tirantes, estrecha, que marcaba muy bien el contorno de sus pechos.

Ella estaba complacida por la forma en la que la miraba. Estaba totalmente convencida de me había quedado sin aliento. Estúpida. Esa confianza hizo que yo pudiera ver con claridad que la que estaba nerviosa por el encuentro era ella. Llevábamos todo el verano sin vernos, sin hablar un segundo si quiera. Y es que después del fin de las clases decidimos darnos un tiempo. O más bien lo decidí, porque no pensaba estar atada a una tía en mis vacaciones, ni aunque fuera tan guapa como ella. Así que le dije que a la vuelta hablaríamos.

Y allí estaba ella, provocativa, sexy, como siempre.

Salí del agua despacio, deleitándome con sus pensamientos. Las mujeres eran tan tontas, veían una sonrisa bonita y un cuerpo hermoso y se derretían.

Y lo mejor de todo esto es que ella seguía pensando que me tenía controlado.

Cuando estuve enfrente de ella, le tendí la mano para que me diera mi iPod, pero ella apartó la mano y lo escondió detrás.

-¿No me lo vas a dar? –me acerqué más a ella, oprimiendo su cuerpo con el mío y mojándola. Su respiración era acelerada, y en estos momentos ya ni si quiera recordaba su nombre. “Ahora, ¿qué? ¿Sigues pensando que tienes el control?” Puse mi mano en su hombro, acariciando su piel lentamente. Ella suspiró, y se acordó de que yo estaba esperando una respuesta.
-¿Qué gano yo con eso? –no le dio tiempo a terminar la frase. La besé. Y ella tiró el iPod al suelo. Estuvimos pegados unos segundos, hasta que yo me aparté y cogí el iPod.
-Gracias, esto era mío. –ella me miraba, mientras recuperaba el aliento. -¿Y lo demás?
-Vas a tener que ganártelo también, lo siento. –se volvió a acercar a mí, juguetona, besándome el cuello.
-Vamos, Nat, estoy prácticamente desnudo y tú nada, eso no es justo.
-Sabes de sobra que no tengo ningún problema en eso, pero me encanta que lo hagas tú. –me guiñó un ojo, poniendo mis manos en su trasero.
-Nat… -dije de forma cansina. -¿Recuerdas lo del tiempo? –mi voz sonó muy cortante, pero ella ni se inmutó.
-Te he echado de menos, Robert. –suspiré, correspondiendo a su abrazo.
-Yo también a ti. –mi voz sonó ácida, falsa. Siempre se me había dado bien mentir, pero esta vez la mentira era demasiado fuerte para hacerlo de otra forma. Ella tampoco lo notó, sino que al contrario se relajo en mis brazos. La aparté un poco, para poder mirarla a los ojos. - ¿Y mi ropa? – ella sonrió, y me cogió la mano, indicando detrás de un árbol.
-Está ahí. Pero… -hizo como si dudara, aunque yo sabía que era una estrategia. –creo que es mejor que estés así. –Natalie me sentó sobre las rocas donde antes había estado mi ropa, y se quitó su camiseta. – También creo que tienes razón, no es justo que tú estés sin ropa y yo vestida.

Y ahí acabaron las palabras. Quizá si la había echado un poco de menos, me lamenté mientras ella me besaba el cuello lentamente, pero no exactamente como ella pensaba. Había echado de menos su cuerpo, el sexo con ella.

Le quité la falda rápido, acariciando sus piernas mientras la oía susurrar mi nombre, comiéndome la oreja. Su cuerpo olía a excitación, me pedía que la hiciera suya como tantas veces atrás.
Por eso cuando llegó el momento supe que ella también había echado de menos el sexo conmigo, que había estado soñando con este momento los tres meses que hemos estado separados.

Una hora después, desnudos y tumbados sobre la arena, se quedó dormida escuchando la canción de Forever young desde mi iPod.



* * * * *



-Vamos, anda, levanta. –le dije despertándola bruscamente. El sol se estaba poniendo, y mi iPod se acababa de quedar sin batería, muerto. Me puse en pie de un salto y comencé a vestirme, mientras ella se revolvía entre las toallas.

El aire huele a fin. El fin del verano. Y como cada final, trae consigo un nuevo comienzo. Me acuerdo cuando empezó el verano, mi padre estaba ansioso porque pasara. “Se avecinan cambios”, me dijo, mirándome sin verme, con la mirada perdida en algo que yo no podía captar. Él siempre había podido ver dentro de mí, a pesar de mis cambios bruscos, de mis sentimientos. Y a pesar de que él prescindiera de ellos. ¿Y ahora, qué? Era una de las tantas preguntas que había en mi cabeza. Él lo sabe, él lo sabe todo. Una de las primeras cosas que me enseñó era que él era el comienzo, pero que nosotros no teníamos final. Lo que nace se apaga, pero nosotros no, nosotros no nos apagamos. Cuando era pequeño mi padre y yo viajábamos siempre que podíamos. Él le había ganado a mi madre en el juicio por mi custodia cuando nací, aunque más bien mi madre me había cedido, quería deshacerse de mí. Yo solo era un mal recuerdo de un amor destruido por la furia y el horror del odio. Ella ya tenía bastante con proteger a su marido y a su otro hijo de mi padre. Desde entonces solamente paso un mes con ella en todo el año, en verano. Y sí, es difícil encontrarte a tu madre estando seguro que se avergüenza de ti, que tiene miedo a esa persona en la que un día te convertirás. Pero por lo menos me quedaba mi hermano, el hijo de mi madre. Ismael era mi mejor amigo, a pesar de nuestras diferencias. Me entendía, me apoyaba, lo sabía todo de mí, e incluso gracias a mi insistencia él iba a cursar este año en el internado, conmigo. Mi padre había convencido a mi madre y a su marido, alegando que: “Robert está desarrollándose, necesita a alguien a su lado capaz de comprenderle, saber sus limitaciones y sus errores. Alguien que lo sepa todo. Ismael no es más que un humano, sí, pero es el humano que estará al lado de mi hijo en el momento oportuno”. Mi madre no pudo hacer nada por seguir protegiendo a mi hermano, era demasiado tarde, y el amor que sentía por mi padre, todavía, no hacía más que ponerle las cosas más fáciles a Julio para poder llevarse a Isma.

¿Qué cual era mi opinión? Mi hermano tiene que estar a mi lado, mi madre ya no lo necesitaba. Ella era una mujer de prestigio, poderosa, sabia y con mucho dinero. Su marido era igual que ella, dos brujos altamente peligrosos que se dedicaban a viajar a todas partes, a estafar, y a emplear su magia para todo menos para el bien. Pero Isma era diferente, siempre lo fue. Él no quería pertenecer a la sociedad de brujos sin fronteras, sino que prefería quedarse conmigo, apoyarme, ayudarme. Mi padre decía que él era como un mayordomo para mí, pero yo no lo consideraba como tal, él simplemente era… mi mejor amigo, mi hermano, sangre de mi sangre. Cuando yo se lo repetía a mi padre él se reía, y alegaba que “hay otras partes de tu sangre que no son tan amigas tuyas”. A Julio le encantaba burlarse de mí, y al principio yo me enfadaba, y arremetía contra él, como tantas otras veces en los entrenamientos, pero ahora ya estaba más que acostumbrado. Los desprecios de mi padre eran para mí como el pan de cada día, y ya no me hacía sentir vulnerable, sino que al contrario, me sentía más fuerte, capaz de hacer oídos sordos a palabras duras como “eres un estúpido, Robert, después de todos estos años aún no me vales para nada” o cosas como “crece de una vez, maldito humano con sentimientos. ¿No te das cuenta? Todo eso te hace menos fuerte”. Supongo que será la costumbre. O quizá es que estaba cambiando de verdad, de una vez por todas.

Las últimas semanas estaban siendo difíciles, más de lo que yo esperaba. La cabeza se me iba en cualquier momento, y me sentía cansado, una sensación que no había experimentado muchas veces a lo largo de mí vida. Todo esto me tenía preocupado, pero Julio parecía tranquilo, “es parte de ti, hijo. Dentro de poco todo estará bien” me repetía una y otra vez. Yo ya no sabía que pensar, desmayarse tantas veces no traería nada bueno.

Natalie y yo seguíamos caminando por el bosque. Ella parloteaba sobre sus vacaciones, lo aburridas o interesantes que le resultaban, no se bien si lo uno o lo otro. Y yo asentía, como de costumbre. A ella no le importaba que yo fuera tan callado, tan mío, mientras tuviera a alguien que la escuchara todo estaba bien. La cosa estaba en que yo no la escuchaba casi nunca, por su boca solo salían estupideces, palabras artificiales, como ella. A veces me recordaba tanto a mi madre… Una muchacha ingenua, rica, que no se daba cuenta de con quien estaba tratando en verdad. Eso era mi madre cuando conoció a mi padre, una chica comprometida con otro hombre, a punto de casarse. Una chica tonta, ingenua, pero con algo que ella misma no sabía que tenía: magia. Por eso la eligió mi padre. Y a pesar de todo no pudo resistirse al encanto de mi él, ella se enamoró perdidamente, y se escaparon juntos. Mi padre le prometió tantas cosas… Le prometió que podría el mundo a sus pies. Y entonces me tuvo a mí. En aquel momento ya era demasiado tarde para echar la vista atrás, mi madre ya sabía todo lo que tenía que saber sobre mi padre, y no le importó. Si tenía que ser la madre de alguien como yo, ella era la persona ideal. Y cuando mi padre la abandonó, cuando la traicionó, el dolor fue tan grande que ella se transformó en lo que siempre había temido: una bruja.

Hijo de una bruja que ni si quiera sabía que lo era y de un padre… extraño. No había palabras suficientes en el mundo para definir a mi padre, jamás las había encontrado, y por mucho que las buscase no la encontraría.

Mi madre se casó con el hombre que también quiso mi padre, un brujo de muy buen nombre, un brujo estafador, y al instante tuvo un hijo con su nuevo esposo, también porque quiso mi padre. Él necesitaba a alguien a mi lado, de mi misma edad fuera como fuese, por eso utilizó la magia de mi madre para adelantar el embarazo. Y de ahí nació Ismael, un chico humano con sangre mágica bajo sus venas, que debido al rápido embarazo de mi madre no poseía la suficiente magia para utilizarla, por lo que no se podía considerar un brujo como tal. Por eso era tan valioso y perfecto para mi padre, los brujos nunca lo reclamaría como suyo, y mi padre podría usarlo siempre que quisiera.

Mi hermano no perdonó nunca a mi madre y a mi padre por todo lo que le hicieron, así que se dedicó a refugiarse en sus libros, a convivir con su familia aún sabiendo de que él no pertenecía a ese lugar. Éramos muy parecidos, ninguno de los dos teníamos un sitio fijo, un lugar de procedencia. Y a pesar de todo el rencor que le guardaba mi hermano, mi madre siempre lo quiso más. Quizá porque yo le recordaba demasiado a mi padre, a todo lo que pudo haber ganada y perdió por un simple capricho de mi padre. Pero esa era otra historia, y ahora no tenía cabeza si quiera para querer recordarla.

-…y adivina lo que me dijo. ¡Me dijo que era capaz de romperme la camiseta en ese mismo momento, Rob! Fue una humillación enorme, no te lo imaginas. –Odiaba que me llamara Rob, como si fuera un chucho. Esta niña era tonta, definitivamente.
-No me llames Rob, -dije cortando sus palabras, hablándo de forma fría. Ella siguió hablando, sin hacerme caso. –He dicho que no me llames Rob, Natalie. Y cállate ya. – Entonces fue cuando ella se paró, dejo de caminar y me miró. Sus ojos azules eran bonitos, y parecían asustados. El tono de mi voz había salido quizá demasiado sombrío. – Que sea la última vez que me llamas así, te lo he dicho millones de veces. –Una chispa de rabia fue apareciendo entre sus perlas azules.
-Todo lo que te digo te da igual, ¿verdad? ¡Pasas de todo y de todos! Eres egoísta, y manipulador. –empezó a caminar más rápido, intentando huir de mí. Pero lo siento, Nat, no vas a tener la última palabra en esto.
-¿A qué viene eso ahora? –le agarré del brazo, obligándole a que me mirara.
-A que es cierto. ¡A que llevamos tres meses sin vernos, y lo primero que haces cuando nos volvemos a encontrar es echarme un polvo, Robert! Ni un “¿qué tal, cariño?” nada de eso. Sé que no eres romántico, pero al menos podrías ser un poco cortés. –no pude evitar reírme de tal estupidez, y eso la cabreó aún más. - ¿Te ríes? Pues perfecto, me parece maravilloso.
-Por dios, Nat, ¿a estas alturas me vienes tú con romanticismos y con que sea cortés? Los dos sabemos que probablemente ni conoces lo que significa la palabra “cortés”. Y si, te he echado un polvo, ¿sabes porqué? Porque me gusta follar, estúpida. Deberías estar contenta sabiendo que eres tú la elegida, y no otra. Y era de lo que tenía ganas, joder. Ahora piérdete, y déjame en paz, cuando se te pase el cabreo de niña chica hablamos.

Y me fui, mientras en su mente ella me dedicaba insultos de toda clase. Mujeres, ¿quién las entiende? Les das sexo y se quejan, y si no se lo das, sería mucho peor.



* * * * *


-Hola, padre, ¿puedo pasar? –le dije abriendo un poco la puerta de su despacho personal, en Hudgons. Hudgons era la parte del internado dedicada especialmente para nosotros dos, era nuestra casa durante las vacaciones. Mi padre intentaba estar allí el mayor tiempo posible, hasta que no tuviera otra opción que mudarse al internado, pero por ahora, que todavía no habían empezado las clases, su lugar era ese.
-Claro. –dijo solamente, sin alzar la vista de lo que estuviera haciendo. El despacho de mi padre era grande, más grande que el que tenía en el internado, y estaba lleno de objetos que sólo él sabía utilizar. Había muchas estanterías, repletas de cientos de libros que él seguramente ya se sabría de memoria. Pasé rápidamente, sin hacer ruido como era normal en mí, y me senté en una de las dos sillas que había frente a su escritorio. Él seguía actuando como si yo no estuviera, aunque por lo que pude leer dentro de él, sentía curiosidad por le motivo que me había traído aquí. No era normal que yo le buscara a él, sino al contrario.

Apartó la vista de los papeles que tenía en sus manos, y me miró.

-Bien, tú dirás.
-¿Qué hace tan pronto aquí? –le dije, sin dar mas explicaciones.
-Te gusta pedirme explicaciones, ¿eh, Robert? Pero, ¿quién te crees que eres tú si quiera para cuestionarme? –mi padre, siempre reacio a darme las respuestas a las preguntas que quería.
-Me parecía que era una chica realmente atractiva que podía llegar a tener algo contigo, Julio, te veo muy solo –le guiñé un ojo, y mi padre me miró con rabia. Odiaba mi sentido del humor y entonces decidí que no era el momento adecuado para andar con bromas, él podría atacarme y todavía me podía, así que me puse serio. –Soy tu hijo, ¿te parece poco?
-Pues sí, ¿y a ti?
-Padre, dejemos ya de hablarnos con preguntas. Solamente te he pedido información.
-Pero yo no quiero darte esa información, Robert. Date cuenta de que esos chicos son asunto mío, y sólo mío por ahora. Déjalos, no te acerques a ellos. –había bajado la guardia, y mi mente se había ido a recordar el momento en que conocía la chica esa, la que me había bloqueado. Sabía que mi padre se refería a ella, lo leía en mis ojos, y yo en los suyos.
-Nunca me has prohibido acercarme a ellos, padre. ¿Qué diferencia hay ahora?
-Lo sabes de sobra, -dijo quitándole importancia. –No juegues con fuego, y menos con ese fuego, porque te vas a abrasar. Céntrate en otras personas, en otros sentimientos más físicos, en otras actitudes, hijo. Pero deja de lado la curiosidad, porque la curiosidad no trae nada bueno consigo. Solo destrucción. –Julio se levantó sin dejar ver alguna señal en su rostro, sin dejarme saber qué pensaba en realidad. –Y ahora, si no tienes el menor inconveniente, vete. –Mi padre se puso a mirar la ventana, y supe por la posición de su cuerpo que estaba recordando viejos tiempos, quizá los tiempos en que su curiosidad dio paso a su destrucción.

Salí de la habitación sin echar una última ojeada y sin despedirme. Siempre, desde que era niño, ese despacho me había producido escalofríos. Allí se guardaban secretos, grande secretos que me incluían a mí en ellos. Y siempre que le había preguntado a él, la única respuesta era el silencio.

Fui derecho a mi habitación, a mi habitación en Hudgons. Todo estaba desordenado, libros esparcidos por el suelo, la cama desecha, las estanterías vacías y un olor a humanidad más que visible. Era todo un verdadero desorden. Intenté hacer memoria, saber porqué estaba todo así. Ah, ya recuerdo.
Me había enfadado con mi padre, y no tuve otra cosa mejor que hacer que pagarlo todo con mi pobre cuarto. Hasta los pósters de algunos de mis grupos favoritos estaban espaciaos por el suelo.

“Que idiota eres, tío” me dije a mí mismo, sonriendo pesadamente y con un chasquido todo volvió a su sitio.

Me eché en la cama, agotado, dispuesto a dormir hasta que llegara la hora de la cena, pero un pitido me sacó de mis sueños. Era mi móvil.

Lo saqué del bolsillo, curioso. No podía leer las mentes de los aparatos, y aunque mi padre decía que era una gilipollez intentarlo, yo seguía intentándolo. Todavía no había conseguido nada. Todavía.

Abrí el mensaje, que era para mi sorpresa de mi madre.

“Robert, acabamos de llegar tu hermano y yo, estamos en la entrada de Hudgons, ven”.

Adiós a mis planes de quedarme a dormir otro rato.


* * * * *

Cuando llegué descubrí que mi padre también había decidido, por una vez, ir a recibir a mi madre. Raro, me dije a mí mismo. Ellos evitaban verse a toda costa.

Fuera de Hudgons había una gran limusina negra. Mi madre estaba atacada de los nervios, y movía de un lado a otro las maletas, utilizando su poder para que ellas fueran donde quisiera. Era una bruja poderosa, aunque hubiera aprendido a utilizar su magia después de lo previsto.

Aunque cuando estaba nerviosa todo el ambiente lo notaba. Los árboles que separaban Hudgons del internado se movían al son del rugido del viento, mientras las hojas caían, marchitas, aunque aúno había llegado el otoño. Aparte de nerviosa, mi madre estaba enfadada. Agitaba sus brazos con fuerza, mientras mi hermano, que acababa de salir de la limusina, le quitaba las maletas de las manos. “Estas brujas modernas… -oí que decía mi padre en su mente- están realmente chifladas”

-Robertho William Deblash, no te quedes ahí parado, y ayúdame con esto, por todos los dioses. –me dijo mirándome, sin sonreír apenas. –Y tú, -dijo dirigiéndose a mi hermano. –Dame un beso y tira, y cuídate, y come mucho, ¿entendido Ismael? Y no te metas en líos y…
-Tranquila, Sylvia, cuidaré de él por ti. –no pude ver como mi madre se estremecía al oír su nombre en labios de mi padre, pero si lo sentí. Estúpida, enamorada de quien no te corresponde y a quien no te mereces. Estos brujos, siempre enamorándose de personas superiores a ellos.

Ayude a mi madre, como ella me dijo, quitándole las maletas como mi hermano había hecho. Entonces nos dio un beso a los dos, y sin apenas despedirse, se metió en la limusina. Sylvia odiaba las despedidas casi tanto como a mi padre.

-Robert, -me dijo mi hermano, cuando estuvimos ya en mi cuarto. Entonces nos abrazamos, como solamente nosotros dos sabíamos hacer. –Al fin aquí.
-Sí, ya era hora. Pensé que te ibas a echar atrás.
-¿Atrás, yo? Jamás. Hace tiempo que sé que mi destino es aquí, contigo, para ayudarte. –le sonreí, pero no como había podido sonreír a mi padre o a mi madre, o a la misma Natalie. Le sonreí de verdad.
-Anda, cuéntame novedades, cabrón. –y empezamos a hablar, olvidándome del sueño que tenía o que había creído tener.

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