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 Contra las Sombras, ¡cuarta ronda!

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Lenny Bane
Cazador de Sombras



MensajeTema: Re: Contra las Sombras, ¡cuarta ronda!   Dom Sep 12, 2010 3:46 pm

Dan Adamatti


Cuando la clase de historia terminó, después de unos tediosos cincuenta minutos con la profesora sustituta, me pude levantar por fin y darle un descanso a la quemadura del abdomen. El dolor de la zona había remitido casi del todo, después de haber tenido un aspecto realmente nauseabundo días atrás y necesitado cierta crema para curarla del todo, pero cuando pasaba mucho tiempo sentado la zona se acababa resintiendo.
Metí mi archivador y el estuche dentro de la agujereada mochila marrón y salí por la puerta con rapidez. Lo bueno de ser Dan Adamatti era que, si me escabullía del aula para fumarme las dos últimas clases, nadie me decía nada ni se preocupaba por mi cara de cabreo. Y aquellos últimos días era de las grandes.
Caminé por los pasillos a paso apresurado, deseando llegar lo antes posible a mi dormitorio para pegarle un puñetazo a alguna pared o beber sangre de huérfano inocente servida en el cráneo de un caballo. ¿Ha sonado demasiado macabro y exagerado? De acuerdo, olvidemos la pared. Intentar pasar lo más inadvertido posible por el trayecto hubiera sido lo lógico, pero no lo hice. Había llegado a un punto de mala ostia en el que no me importaba una mierda tener que aguantar sermones al día siguiente. Me crucé con el ayudante de Concepción, que pareció querer decirme algo, pero ni me paré ni me podría importar menos su probable mensaje de “¿qué haces fuera de clase durante el horario lectivo?”. No es que me cayera especialmente mal, pero tampoco había hecho nada que me hiciera creer que no era un gilipollas. Lo era, por lo tanto.

Al cabo de cinco minutos llegué a mi dormitorio. Metí la llave con brusquedad en la cerradura y cerré la puerta tras de mí con un fuerte portazo. Dejé la mochila al pie de mi escritorio sin muchos miramientos, lo que seguramente aplastó alguna esquina del archivador, me dejé caer sobre la cama y, tanteando, abrí el primer cajón de mi mesilla de noche. Saqué mi, al parecer, prehistórico discman con los cascos, y a falta de cráneo de caballo y sangre, me serví un vaso de mi amigo Jack.
Primero le di un trago con decisión, disfrutando de la desagradable sensación de lija en la garganta, y luego me lo fui tomando con más calma a medida que las canciones del tal Ozzy Osbourne se iban sucediendo una tras otra en mis oídos, a cada cual más estruendosa que la anterior. Había desayunado bien, pero aún así no tenía la tripa lo suficientemente llena como para no tener que andar con ojo con una bebida de ochenta grados.
Evadirme siempre me calmaba, al menos un poco, pero aquellas semanas estaba rompiendo mi propio récord de tensión; necesitaría más que una habitación vacía unas pocas horas para estar en paz.
Y toda la culpa era de Áurea.


Dos semanas atrás:
Una mañana más, Dan se había despertado antes de lo necesario. Había desayunado de pie debido al dolor de su quemadura, y ahora repasaba unos ejercicios de sintaxis, que tenía a primera hora.
Saludó a Áurea antes siquiera de que ella cogiera una silla y se sentara frente a él.
-Buenos días.
-Buongiorno- respondió ella visiblemente ilusionada, o al menos lo suficiente como para no preguntarle el motivo de que no estuviera sentado como de costumbre- ¿Nos hemos levantado con el acento marcado esta mañana?- Dan sonrió para sí-. Mi sentido arácnido se agudiza cada vez más, ¿ves?
Se abstuvo de hacer ningún comentario al respecto; mayormente porque no entendía lo que había dicho de las arañas y la última vez que ella había presumido e algo que no le sonaba, se había reído de él a carajadas por no saber quién era un tal Sherlock Helm.
-Te noto un tanto emocionada...
Áurea cogió aire, como si se preparara para decir que había descubierto la cura para el SIDA.
-Hoy empiezo con mis planes con Matt.
Dan puso los ojos en blanco y negó con la cabeza.
-No sé por qué pierdes el tiempo con él, en serio- comentó-.... Sólo por decir algo, ¿cuál es tu retorcida estrategia esta vez?
Ella frunció el ceño en broma. Lo de “retorcida” le molestaba y halagaba a partes iguales.
-Muy gracioso. Para tu información, un 37% de las actuales parejas de este internado están juntas gracias a mí. Por no mencionar a mi tía, que se casa en febrero, que tiene sesenta años y cuyo futuro marido yo le presenté.
Él no lo dudó ni por un instante, su amiga era la Celestina más jodidamente eficaz que uno pudiera echarse a l cara; disfrutaba creando jóvenes tortolitos tanto como leyendo novelas de enredos familiares, viendo comedias románticas y comprando vestidos que sólo ella podría hacer parecer bonitos.
-Ahá.
-Creo que lo más acertado esta vez será la táctica de la amiga pegajosa; Matt no podrá evitar comparar las cualidades de Cris con todos mis defectos, lo que le predispondrá más todavía hacia ella. Y Cris se sensibilizará muchísimo en todo lo referente a él.
Dan entrecerró los ojos e hizo una mueca. Eso no tenía demasiado sentido para él, pero los planes de Áurea en ese tema siempre daban resultado. Aunque seguía sin gustarle que gastara sus energías en alguien como Collins, y además se estaba arriesgando mucho a que la tipa con la que pretendía juntarle le cantara las cuarenta en un arranque de celos.
-Un día de estos, alguna te soltará una ostia épica, y entonces buscarás un pasatiempo que no sea unir “corazones solitarios”- vaticinó.
-Y me lo mereceré. Probablemente. Pero “el amor debe triunfar”, Dan. Es mi lema.
Suspiró.
-¿Qué ha pasado con “con amarillo sin tela de brillo y un recogido bien escogido, no hay vestido que, con tacones, no quede favorecido si en festivo lo pones”?- ironizó.
-Esa es mi poesía del amarillo para cuando voy de compras, estás confundiendo parámetros.
-Sí, debe de ser eso- comentó con falsa resignación-. A propósito, Cuando la pretendiente de Collins te zurre, dale las gracias de mi parte.
Su amiga frunció el ceño, llamándole “mal bicho” con la mirada, y luego se estiró un poco hacia él para hablar en tono confidencial.
-Me lo acabará agradeciendo. En serio, esa chica está bloqueada, ha llegado con Matt a un horrible punto muerto… puede que sin mi ayuda se queden estancados en la fase “amistad”- murmuró en tono trágico, con la preocupación impregnándole la voz, como
si “amistad” y “herpes genital” fueran la misma palabra-. Necesita terapia de choque de inmediato.
Dan esbozó una minúscula sonrisa. Nadie empezaba el día con tantas ganas como Áurea. Incluso se había olvidado un poco del dolor de abdomen con toda aquella pamplina.
-Puede que te equivoques y Collins sea gay, o prefiera a otra- comentó, más por decir algo que por real interés en la vida sentimental de semejante imbécil.
Ella negó con la cabeza alzando la vista al techo.
-¿Cuándo me he confundido yo en algo así?- rió.
-Ayer. Conmigo- respondió-. No tendría problema en admitirlo si fuera cierto, pero, de verdad, no estoy enamorado de Mayra.
Le vino bien tener aquella oportunidad para poder repetirlo, no le gustaban los malentendidos y quería dejar aquello claro antes de que fuera a más.
Esperaba que Áurea hubiera empezado a justificar su razonamiento de inmediato, a explicar por qué serían una pareja maravillosa y a reprocharle que aún no hubiera empezado a... cortejarla, o como se dijera. Pero se equivocó.
La cara de su amiga reflejaba desconcierto, parecía estar a punto de preguntarle “¿qué?”, cuando algo cruzó por su mente, entonces su expresión cambió a “oh, no...”, y finalmente se llevó una mano a la frente con la cabeza gacha.
-Ya me parecía que te lo habías tomado con demasiada tranquilidad y madurez...
Dan arqueó una ceja, acababa de perderse.
-Tú... Dios, Dan, no me refería a Mayra. Tú llevas años y años loco por Jacques Mackworth.


El ruido de la puerta me sacó de mis cavilaciones. Murmuré un par de improperios, porque estar tumbado bebiendo y escuchando aquella “música” había logrado un ligero efecto calmante en mí. Ligero. Ligero y breve. Apagué la música, le di un último trago al vaso y me levanté para abrir.
-¿Qué?- dije apoyándome en el marco cruzado de brazos, con cara de pocos amigos.
El ayudante de Concepción se colocó las gafas y se aclaró la garganta. Tenía un aspecto algo mosqueado, debía de llevar un buen rato llamando sin que yo le oyera.
-La directora quiere hablar contigo en su despacho- informó.
Cogí aire para no decir nada que pudiera agravar mi situación y le cerré la puerta. Fui a la mesilla de noche a por mi llave de la habitación, y salí justo en el momento en el que él hacía amago de volver a llamar.
-Oh- dijo, algo sorprendido al verme de nuevo-. Bien.
Seguramente había pensado que no volvería a salir y que le había mandado a la mierda de malas formas. Suspiré y empecé a andar con él por el pasillo.


La puerta del despacho de la directora estaba abierta. La habitación era una sala más bien amplia, decorada con muebles de madera antiguos; los mejores del internado, sin duda. Ella estaba sentada tras una mesa de nogal, haciendo como que trabajaba y fingiendo concentración, cuando en realidad era totalmente consciente de que estábamos allí. El ayudante de Concepción pareció tragarse su actuación, o al menos le siguió el juego. Dio un par de suaves golpes en la entrada y la directora alzó la vista y torció el gesto al “darse cuenta” de mi presencia.
-Daniel Adamatti- informó él.
Iba a corregirle, pero ella lo hizo por mí.
-Se llama “Dan”- informó-. Ya nos conocemos bien, ¿verdad?
Resoplé, entré y me senté en la silla que acostumbraba ocupar cuando tenía que ir allí.
Ella hizo un gesto con la mano para indicarle que ya se podía marchar
-Gracias- dijo. Cuando la puerta se cerró tras el ayudante de Concepción cruzó los dedos sobre sus papeles y me miró con seriedad-. Sabes por qué estas aquí.
Era una afirmación un tanto ambigua, podía estar allí por un sinfín de motivos, aunque supiera cuál era el causante más seguro.
-Me he saltado las dos últimas clases- dije escuetamente, sin que se notara el cabreo que llevaba arrastrando más de una semana.
-Bien, bien, vas por buen camino.
Puse los ojos en blanco. Cuando se ponía en modo analítico podía pasarse horas para acabar diciendo una mierda.
-Castígame, llama a mis padres, dile a esos profesores que me pongan un cero y deja que me largue pronto de aquí- sugerí
Su sonrisa no tuvo nada de tranquilizadora, y su tono sosegado al hablar, menos aún.
-Eres un buen estudiante, pero un alumno pésimo- empezó-. Y creo que la clave de todo está en tu temperamento.
Oh, Dios, no, no empieces con análisis psicológicos…
-Te mandaría a hablar con el orientador si no tuviera la certeza de que no irás, o de que no le harás ni caso en el supuesto de que te obligue- continuó-. Así que tu problema de sociabilidad tendrá que arreglarse mediante otros métodos... métodos que no te gustarán.
Fruncí el ceño, ese “no te gustarán” no me gustaba ni pizca.
-¿Qué vas a...?
-Mañana es la acampada anual al monte- interrumpió-. Irás con los de tu curso.
Fruncí el ceño y abrí la boca dispuesto a dejar escapar algo de mi cabreo acumulado
-¡Mi padre firmó la autorización para no tener que...!
-No me importa- sentenció-. Es el castigo que considero más apropiado, e irás. Y participarás en los juegos que se organicen- añadió-. Y da gracias a que no te obligue también a escuchar historias de terror o a cantar los “Cumbayá”- abrí la boca para volver a protestar, visiblemente indignado-. Aún estoy a tiempo de cambiar de idea con esto último, yo que tú utilizaría esa bonita voz para hacer amigos y no para rechistar. Largo.
Apreté los dientes, me levanté y me fui de allí, no quedaba ni rastro de la poca calma que estar solo en mi habitación me había proporcionado. Me habían jodido el día de retiro total, lo que inmediatamente colocaba a aquel octubre en el ranking de los peores meses de mi existencia. No el peor, porque había ciertos recuerdos realmente difíciles de superar, pero desde luego, realmente malo. No era sólo porque la tentadora idea de quedarme en el internado mientras todos los demás se perdían en el medio del monte se hubiera ido al traste -que también- eso era una nimiedad comparado con lo demás.
Después de aquella aclaración de Áurea hacía un par de semanas, se podría decir que todo rastro de amistad entre nosotros había desaparecido. Tras lo que había sugerido acerca del jodido Mackworth, había tenido una discusión con ella; más fuerte que la de la vez que se enfadó conmigo por gustarme su hermano mayor, más fuerte que la de cuando me negué a ver Pretty woman, su película preferida, con ella, más fuerte que cualquier otra que ninguno de los dos pudiéramos recordar.
Desde entonces, ella había hecho un par de intentos por limar asperezas conmigo. Su intento por limar asperezas consistía, no obstante, en razonar el por qué aquella injustificable blasfemia tenía todo el sentido del mundo, acompañando su discurso de frases como “¡ni siquiera eres capaz de admitir que está bueno!”, o “admítelo, Dan”, o “¿sigues insistiendo en que nunca te has fijado?”, o “los ojos están para algo”; por lo tanto yo la había mandado a la mierda en cada una de aquellas ocasiones.
¿Que si nunca me había fijado? ¡Qué ridiculez! ¡¿Cómo se podía incriminar de algo semejante a alguien, a un amigo?! ¡Jamás lo había hecho! ¡Jamás lo hubiera hecho de no ser por su comentario! Y no se me podía culpar. Sí, tal vez me había fijado un par de veces a raíz de aquella pérfida pregunta, tal vez. En una o dos ocasiones. Puede que tres, contando aquella mañana en clase de sintaxis, cuando él había salido a la pizarra a analizar una maldita oración. Siempre manteniendo el perfil crítico, por supuesto, y azuzado por la clínica curiosidad que Áurea había despertado en mí.
Pero desde luego no había pensado nunca en ello después de echarle aquel par de vistazos rápidos. Nunca se me había cruzado por la mente la idea de que tuviera un buen trasero. Ni que sus hombros formaran una sugerente T con la línea de su espalda. Ni que la forma que tenía de llevar la corbata fuera remotamente sexy, -¡así no se podía llevar una corbata, por dios, ¿es que nadie iba a detenerle?!- Ni que tuviera un buen trasero. Ridículo, repito.
Señor, ¡deja de pensar en su buen trasero!
Y no, no tenía ningún problema con mi sexualidad, por si las dudas. Tenía perfectamente aceptado que era medio marica, o bisexual, como dicen los que saben de términos. Y no era ningún reprimido tampoco, había estado con unos cuantos tíos en Nápoles en los últimos años y me lo había pasado bien, incluso había tenido algún que otro escarceo con uno de los gilipollas que me habían martirizado todo primer curso, en los vestuarios –que era un gilipollas, sí, pero estaba bueno-. Pero el maldito Mackworth era el maldito Mackworth, y mi odio por él no era, desde luego, tensión sexual. Ni mucho menos estaba “loco por él”, como Áurea se había atrevido a afirmar.


Abrí la puerta del comedor, que ya estaba lleno de gente, y me acerqué a donde el hermano de Mayra solía ponerse, junto a la puerta de la cocina. Me fui a sentar con mi plato de pescado a una mesa en el otro extremo, de las pocas que quedaban vacías, y traté de comer tranquilamente.
Pasé las dos horas siguientes en el jardín, tumbándome a la sombra de algún árbol o dando paseos entre ellos, en una serie de intentos vanos por descansar y dejar la mente en blanco. Pero mi cabeza no dejaba de darle vueltas a lo mismo una y otra vez, por lo tanto acabé subiendo a mi habitación antes de que me entraran ganas de darme de cabeza contra un abedul y ponerle fin a aquella espeluznante locura con una hemorragia interna.
Cuando abrí la puerta Kyle estaba sentado en su escritorio haciendo, probablemente, sus deberes. Sí, lo mismo que yo debería de estar haciendo, exacto.
Entré en el baño, me lavé las manos de la resina de la que me había manchado al apoyarme contra un estúpido pino y de paso me salpiqué la cara con un poco de agua.
¡Deja de pensar en eso!, pensé, poniendo particular énfasis en eso, que en aquel caso tenía la función de “trasero de Mackworth”, “gilipolleces de Áurea”, “excursión de mañana”, “trasero de Mackworth” y un sinfín de etcéteras más. Salí al dormitorio de nuevo y me tumbé sobre mi cama.
Kyle me miraba algo extrañado.
-¿Qué te pasa?
-Nada- respondí con pura sequedad. No a posta, era consciente de que le debía seguir vivo después de lo ocurrido con aquella especie de... gato, o lo que fuera el bicho que me había atacado. Simplemente me salió aquel tono por naturaleza, las circunstancias me debían de tener de peor humor incluso de lo que yo mismo era consciente.
Él puso los ojos en blanco, cogió su paquete de cigarrillos y salió del dormitorio. Seguramente se estaba lamentando de no tener un compañero de cuarto como el imbécil de Collins, con el que hablar de su día a día y de sus asuntos personales cuando lo necesitara. O en cualquier caso, estaba harto de mí, ya que ahora no tenía la necesidad de bajar a fumar al jardín, después de mi saboteo irresponsable a la alarma de incendios, y aún así se había largado.
Suspiré.


A penas sí había pasado un minuto cuando llamaron a la puerta. Yo, que seguía acostado, giré la cara hacia la entrada. Kyle no era, porque estaba fumando un cigarro abajo y tardaría un buen rato, y además tenía llaves si quería entrar.
-¿Dan?- dijo una voz, acompañada de más toques en la puerta.
Era Áurea, otra vez. ¡Pues no estaba dispuesto a escuchar más de sus calumnias! ¡já! ya podía largarse a otra parte con sus barbaridades.
-¡Dan!- hubo más golpes- ¡Dan! ¡sé que estás ahí, abre!
Resoplé y caminé con el ceño fruncido hacia la puerta. Me recosté en la pared de al lado cruzado de brazos.
-Lárgate.
Un resoplido se coló desde el otro lado.
-¡Deja de comportarte como una reina del drama y abre de una vez!- exclamó-. Tenemos que hablar.
-No quiero hablar contigo, lárgate- repetí.
Silencio.
Sabía que ella seguía ahí, aunque se hubiera callado un momento. No era propio de ella no ser pesada cuando consideraba que la situación lo requería.
Pasó un pequeño rato, alcé una ceja, pegué una oreja a la madera, murmuré un par de maldiciones y, no sé por qué, abrí.
Efectivamente, ahí estaba, aunque con una cara más preocupada de lo que su tono me había dejado notar.
-¿Qué?- dije secamente. Más secamente que con el pobre Kyle.
Ella tragó saliva.
-Yo...- empezó; ahora que estábamos frente a frente su tono vacilaba un poco- no quiero...-suspiró- no estés enfadado conmigo, Dan.
Oh, claro, ella estaba dolida. Yo era el chalado, el marica inconsciente que babeaba por un gilipollas, y ella la cariñosa amiga que tan sólo intentaba aclararle las ideas.
Y una mierda.
-Cuando retires toda esa sarta de palabras dementes que me involucran emocionalmente con el puto Jacques Mackworth, tal vez me lo piense- sentencié con seriedad y más calma de la que sentía en realidad- ¿Has venido a eso?
Áurea cogió aire para hablar, como pidiendo por favor que escuchara y le diera la razón en lo que seguía.
-No puedes negar que ejerce una clara atracción sobre...
Agarré el picaporte de nuevo y me dispuse a cerrar la puerta para cortar aquella conversación -que no iba a hacer más que aumentar mi cabreo- de raíz, pero ella puso el pie entre la puerta y el marco para impedirlo.
-¡Eh! ¡No cierres!- protestó con el esfuerzo que hacía al empujar en la voz
-¡Que te largues!- dije sin dejar que la abriera y recostando la espalda para ofrecer más resistencia.
Visto desde fuera, debíamos de ofrecer un espectáculo francamente lamentable, aunque en aquel momento no había nadie en el pasillo, y me importaba más bien poco lo que opinara nadie.
-¡Daaann!- exclamó una vez más, empleando toda su fuerza en vencer mi resistencia y apretar los dientes- ¡No seas CRÍO!
¡Me había llamado “crío”! no daba crédito a lo que oía.
Intenté hacer más presión para librarme de ella, pero modestamente tenía que admitir que no la superaba en lo que a musculatura se refiere tanto como el resto de alumnos de mi edad del internado, y no estaba resultando tan fácil detener su avance.
-¡Déjame en paz!- contesté, apretando también la mandíbula.
-¡Argh! ¡Se acabó!- declaró-. Pienso hablar contigo, y lo que tengo que decirte te lo puedo decir en la intimidad de tu dormitorio o gritártelo desde el pasillo. Sabes que soy capaz.
Joder, es capaz, me dije preocupado.
Dejé de ofrecer resistencia en la puerta al momento. Ella no se lo esperaba, y al encontrar la puerta sin apoyo no pudo evitar entrar atropelladamente en el dormitorio. Me clavé el picaporte en los lumbares, nada grave, tan sólo una incomodidad más añadida al momento.
Cerró la puerta tras de sí, se pasó las manos por la chaqueta de su uniforme para eliminar arrugas inexistentes y me miró.
-¿No deberías estar utilizando métodos poco ortodoxos para unir a Collins con su media naranja?- pregunté sarcástico.
Suspiró.
-Ese tema ya está solucionado- respondió, mirándome con seriedad. No ponía demasiada emoción en lo que decía, como si se tratara de un contable haciendo balances rutinarios y los romances de Collins le importaran una mierda en aquel momento. Bueno, coincidíamos en algo-. Le besé delante de Cris, provocando una discusión entre ellos que desembocó, por supuesto, en declaración amorosa. Fue una sencilla planificación 7-B para heterosexuales extrovertidos y tímidos a la vez. Detonante que conlleva celos y reacción hormonal tras la que todo queda solucionado. Un clásico que siempre funciona.
“Planificación 7-B” era la clase de argot oficinista que sugería pensar en los “archivos” que Áurea probablemente tenía relacionados con el sistema de romances y modelos de pareja. Algo que podría resultar hilarante de no ser porque mi enfado me hacía querer no volver a hablar con ella.
-¿Por qué no te vas a organizar tus... ficheros, y dejas de insistir en hablar conmigo?
Ella torció el gesto.
-Porque quiero hablar contigo. Y tú también necesitas que alguien hable contigo urgentemente, o te acabarás volviendo esquizofrénico; como esa vecina de mi calle que teme a las bocas de incendios.
Yo seguía con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Me había apoyado sobre el escritorio, y trataba de aguantar cinco minutos su presencia antes de echarla de allí definitivamente.
-Si no acepto esa mierda de que estoy... “enamorado” de Mackworth, acabaré temiendo las bocas de incendios- sentencié-. De acuerdo, ha llegado la hora de tu medicación. Lárgate, y dile a la enfermera que te dé algo con sabor a fresa.
Ahora la que frunció el ceño fue Áurea, y también se cruzó de brazos.
-Por favor, Dan, ¿tan ridículo te parece? ¿de verdad?- preguntó. Hizo una pausa, como tratando de buscar el método más sencillo de razonarlo-. Él siempre ha sido una constante en tu vida.
-No empieces con esa locura de nuevo- advertí apretando los dientes.
-¡Lo sigues negando! Te conozco lo suficiente, y desde hace lo suficiente, como para asegurar que nadie ha conseguido hacerte reaccionar de esa forma, ni con tanta facilidad, como él.
Abrí la boca, indignado.
-Si por “hacerme reaccionar” quieres decir “ponerme de mal humor”, muy bien, te doy la razón, ¡pero eso, desde luego, no quiere decir que...!
-¡Que no! Es mucho más que eso- interrumpió-. Tú... vives tratando de ignorar al resto del mundo, constantemente, sea quien sea y en cualquier situación. Pero con él- dijo, extendiendo las palmas de sus manos a los lados- simplemente te resulta imposible. Le sigues con la mirada cada vez que entra en una habitación, te tensas a cada comentario suyo. Cuando volviste a Italia el año pasado y te llamé por teléfono para preguntarte cómo te iba, lo primero que hiciste fue preguntarme si “el maldito Mackworth” seguía en el internado. Eres... ¡eres hipersensible a todo lo que le concierne!
Entrecerré los ojos.
-Estás para que te encierren.
-¿Y el motivo de que odies a Matt? ¿qué narices ha hecho Matt para que no le tragues? Te lo aclararé, ¡celos, celos y más celos!- declaró, desahogándose repitiendo la palabra.
Abrí los ojos, horrorizado por lo que oía.
¡¿Celoso del payaso de Collins YO?!
-¡¿Celoso del payaso de Collins YO?!- exclamé.
-Sí. Tú. Celoso. Y mucho- sentenció-. No le soportas porque se pasa el día con él, y porque no tiene ningún problema en hacerlo. Y niégalo todo lo que quieras, sabes que lo estás, y también sabes lo que te pasa en realidad con Jacques, por mucho que te jactes en llamarle “maldito Mackworth”
-¡No estoy enamorado del maldito Mackworth!- insistí.
-¡Le estás pintando un puto cuadro!
Cuando Áurea utilizaba insultos por adjetivos calificativos era señal de que estaba convencida de estar constatando una evidencia. Bien, yo también lo estaba.
-¡Es un lienzo sobre lo mucho que le odio!
-¡Ya, claro! Y por eso estás tan sumamente inspirado y no paras de alegrarte por lo fácil que te está resultando continuar pintándolo- rió sarcástica.
¡Vaya, ahora también tenía relación con mi bloqueo artístico! ¡Aquello se ponía cada vez mejor!
-¡No tienes ni idea de...!
-¡Que esa es otra!- volvió a interrumpir- Nunca te importó la opinión de los demás sobre tu pintura, pero un comentario suyo y dejaste los pinceles durante ¡más de dos semanas! ¿cómo piensas justificar eso?
La señalé acusadoramente con el dedo.
-¡El profesor de arte de la ESO también me...!
-¡En la vida le has hecho caso a ese calvo frustrado! ¡El importante es Jacques, siempre Jacques! Ni te das cuenta de lo necesaria que es para ti su aprobación, pero lo es, y como no la tienes lo más fácil es odiarle- hizo una pausa-. Bien, pues yo digo que todo eso no es más que una pantalla de humo
Cálmate, Dan, muestra madurez. Afloja los puños, relaja la mandíbula. Serénate.
-¡Y yo digo que no!
No suenas muy sereno.
-No, claro, ya sé que tú dices que no. ¡Lo negarías incluso tras tenerle de estrella invitada en un sueño erótico!
La miré con expresión horrorizada, más horrorizada que la anterior.
-¡Jamás he tenido ningún sueño…!
Emitió un sonido de irritación
-Tan sólo es un maldito ejemplo- dijo. Estaba tan enfadada como yo, al parecer, pero estaba teniendo más éxito al intentar disimularlo. Sacó de su bolsillo un pequeño cilindro blanco y lo tiró sobre la cama-. Te traía esto para que te relajaras un poco después de esta semana; pareces una tetera a punto de reventar caminando por los pasillos.
Me miré la mano un segundo. Volvía a tenerla apretada, marcando la piel de los nudillos en el puño, y ni me había dado cuenta. Supongo que sí se me podía comparar con una jodida tetera, ¡pero la culpa era suya, daba igual cuánta droga pudiera tirar sobre mi cama para intentar solucionarlo!
-¡Lárgate!- exclamé, señalando la puerta con el dedo índice- ¡no quiero volver a oír esas barbaridades tuyas!
Áurea abrió la boca, sorprendida, incrédula.
-¿Me estás echando de verdad?
Mantuve el gesto.
-Así es. Lárgate- repetí. Todo tono frío, controlado como había intentado ponerlo antes, pero bastante más ofensivo que cualquier grito o exclamación.
Mi expresión oscilaba entre el enfado, el asco y alguna clase de distanciamiento, pero no tenía comparación con la suya. Reflejaba un desencanto crudo, maduro, más allá de ningún tipo de discusión que hubiéramos podido tener en nuestra década juntos.
-¿Así se acaba nuestra amistad?
-Esto… ¡esto no es ninguna amistad!- rebatí, elevando el tono de nuevo. No podía aguantar demasiado en aquella pose distante, parecía ser-. ¡¿Qué clase de amigo insulta a otro repetidamente con semejante historia?!
Negó con la cabeza, sin dejar de mirarme. Por alguna razón, y por primera vez, ella parecía más seria y madura que yo, y eso me hizo esperar su respuesta con un nudo en la garganta, como un niño a punto de recibir una buena reprimenda.
No hubo reprimenda, su tono de voz estaba más hueco de lo que lo había oído nunca, y tampoco sonó alto e indignado como el mío.
-Cualquier persona que te conociera bien diría lo mismo que te estoy diciendo yo- dijo-. Pero aquí no hay ninguna persona que te conozca bien. Soy tu mejor amiga, o lo era, desde hace tanto que ni me acuerdo de con quién jugaba antes de encontrarte, y estás a echándome de tu dormitorio por intentar abrirte los ojos. Bien, pues cuando los abras por ti mismo, recuerda que fuiste tú el que no quiso hacer las paces.
Me quedé mudo, boquiabierto, después de escuchar aquello. Nadie me había hablado nunca de aquella forma, y mucho menos Áurea, que había sido siempre increíblemente risueña, especialmente conmigo. Se dio la vuelta, cogió el picaporte y lo giró para irse, como yo le había gritado que hiciera segundos antes.
Tragué saliva y hablé, con la voz imperceptiblemente cortada al principio.
-¡Saca tu perturbado trasero de mi habitación!
Su espalda se tensó, y ella, que ya estaba en el umbral del pasillo, se giro hacia mí, mordiéndose el labio.
-Y tú saca esa escoba que tienes metida por el tuyo- respondió con aquella escalofriante voz queda.
Me dejó con la palabra –con el grito- en la boca. Salió de la habitación y cerró la puerta sin hacer el más mínimo ruido.
Aquello me enfadó más todavía. Si hubiera dado un portazo, si se hubiera despedido con un chillido, yo habría podido tildar de infantil su comportamiento, pero no lo hizo. Se había ido como una profesora de guardería que hubiera castigado a un niño a “pensar en lo que había hecho”, lo cual hacía parecer que el infantil era yo. Y que se hubiera marchado de una manera tan silenciosa me dejó ahí de pie, notando la carencia de ruido, que era también prefacio de muchas otras carencias que vendrían en los meses siguientes.
¡Qué idiotez! Después de haber tenido que escuchar aquella sarta de gilipolleces acerca del maldito Mackworth, ¡aún pretendía quedar como la sabia casamentera!
Tan crispado como no recordaba haberlo estado nunca antes, me asomé a la ventana del dormitorio, a respirar algo de aire relativamente puro sin necesitar salir afuera.
Maldita directora, maldita Áurea, maldito Mackworth… no se me ocurría nada que pudiera empeorar aquel día, o al menos no de una forma que agravara también mi amargura.

Oí un ruido en el jardín, y me asomé un poco más por la ventana para averiguar de dónde procedía, olvidando por un instante mis problemas en favor de aquella leve curiosidad. Parecía que alguien estaba llorando.
Mi interés disminuyó; los jardines a aquellas horas eran los lugares escogidos por las depresivas adolescentes para desahogarse antes de cenar. Estaba a punto de volver a dentro para servirme un vaso de mi licorería particular cuando algo atrajo mi atención de nuevo.
-Es que… Dan…- dijo la persona que lloraba.
Conocía aquella voz; me asomé por la ventana todo lo que pude, hasta alcanzar a ver una familiar cabeza rubia y una melena negra que también conocía bien.
¿Mayra está llorando?
La voz de Kyle sonó más baja que la anterior, en tono de consuelo. Fruncí el ceño, ¿debería preocuparme?
Una idea se me pasó por la cabeza. Ellos estaban juntos en el grupo de teatro, debían de estar ensayando alguna parte de la obra.
No, no, había oído mi nombre entre los sollozos, lo que me convertía en causante de aquello, y tal vez culpable. Cerré la ventana, me senté en el bode de mi cama y empecé a pensar en qué podía haber hecho para que ella se pusiera así.


Diez minutos después ambos entraron por la puerta. La cara de Mayra, algo afligida, se tensó al verme. Noté un pequeño pinchazo de culpabilidad; aquellas dos semanas, ocupado en pensar en toda aquella locura de Mackworth, no había estado con ella ni un minuto. Bueno, no es que de otra forma tuviera pensado ir a visitarla a su habitación, ni sentarme con ella en el comedor, yo no era muy dado precisamente a esas cosas; pero de no haberme aislado de aquella forma, si no hubiera tenido aquella cara de mala ostia, ella sí se hubiera acercado a mí en algún momento. Y eso, supuse, le bastaría para no sentirse ignorada.
Además, según lo que la chiflada de Áurea solía decir cuando veía a alguna llorando en el baño, algunas chicas tenían una especie de sensibilidad especial con los tíos a quienes se tiraban, o se habían tirado en algún momento. Yo entraba dentro de aquel saco.
La miré fijamente; trataba de quitar la seriedad que la reciente discusión me había dejado en la cara, aunque supongo que no lo conseguí.
-Mayra- la llamé- ¿podemos hablar un momento?
Ella asintió. Me levanté y ambos salimos de allí, supongo que dejando a Kyle algo perdido.
Caminamos un par de minutos por un pasillo, sin hablar, buscando un lugar relativamente apartado. Bueno, tampoco es que tuviera que soltarle ningún discurso que necesitara privacidad, pero supongo que estaba en mi naturaleza preferir lugares poco concurridos para cualquier cosa.
Cuando estimé que la zona era apropiada, me giré hacia ella, me aclaré la garganta y cogí aire.
-Oye- empecé-, estarás un poco preocupada, a lo mejor, por estas últimas semanas… y eso. Pero... no tiene nada que ver contigo, ¿vale? No… te des por aludida-
Trataba de parecer amable, pero después de aquel día me era bastante complicado adquirir el tono adecuado, así que el resultado fue soltar la frase marcando la separación entre palabras sin ser consciente de lo que hacía.
-He de suponer que debo alegrarme de que, sin haber hecho nada, deba pagar los platos rotos de sepa Dios quién ¿verdad? – dijo.
La verdad es que no había esperado que se lo tomara con tanta tranquilidad, un par de reproches no eran de extrañar en aquella situación, al menos. Pero bueno, no podía hacer otra cosa sino alegrarme porque al menos aquello hubiera salido bien, y presentía que si me quedaba allí con ella un minuto más, me acabaría preguntando por el motivo de mi reciente comportamiento; y eso llevaba directamente a la parte de “me acusan de estar loco por el maldito Mackworth”. Parte que, de hecho, trataría de evitar a toda costa el tiempo que durara mi existencia.
-Lo has entendido- respondí. Y me fui.


Volví a mi habitación. Kyle se había ido, por supuesto, él tenía bastantes amigos a los que visitar cuando le diera la gana. Pobrecillo.
Al terminar de hablar con Mayra, después de oírla hablar con su tono dinámico y espontáneo, el recuerdo de la discusión –discusión sonaba a niñería comparado con lo que había representado el tono glacial de Áurea- habían vuelto a mi cabeza. No es que antes no fuera consciente, claro, es que ahora lo era más. Entré en el cuarto de baño y me miré al espejo.
Áurea es gilipollas
No estás enamorado de Mackworth, tranquilo
Ni siquiera está tan bueno
Oh, ¡¿tan?!
Ni siquiera está bueno, ni siquiera está bueno, se corrigió esa voz en mi cabeza, ante mi tono alarmista.
Era inútil, estaba inquieto. Por supuesto que sabía que la hipótesis de Áurea era absurda a todos los niveles, llevaba dos semanas haciendo frente a tamaña acusación, pero el cabreo por haberla oído de boca de alguien con quien tenía una relación así me estaba escociendo por dentro. Era muy, muy desagradable.
Decidí salir a caminar, en cuanto me quedaba quieto en algún lugar mi mente empezaba a darle vueltas a lo mismo.
Bajé al primer piso y lo crucé de lado a lado; y lo mismo hice con la planta baja, y con el vestíbulo, y con la tercera y cuarta planta cuando volví a dar la vuelta, sin cansarme ni un segundo, sin parar, sin despegar la vista del suelo, con las palabras de mi ex supuesta mejor amiga martilleándome la cabeza.
“Tienes que admitir que está bueno”
“¿Vas a decirme que nunca te has fijado?”
“Nadie ha conseguido hacerte reaccionar como él”
“Siempre ha sido una constante en tu vida”
“Los ojos están para algo”
“Deja de comportarte como una reina del drama”
Aquellos retazos de conversaciones se iban sucediendo uno tras otro, y a medida que lo hacían yo aceleraba el paso… cuando alcé la vista al frente ya era demasiado tarde.
El mismo motivo del noventa por ciento de mis enfados, el propio y jodido Jacques Mackworth, estaba de pronto a escaso medio metro, caminando en dirección contraria a la mía. No me vio, y su hombro dio contra el mío, haciendo caer la mochila que llevaba al suelo.
Me quedé de piedra en ese mismo instante, como si alguien hubiera pulsado un botón, el tiempo hubiera dejado de existir de repente, y aquel momento se hubiera eternizado, dejándome pensando en aquel minúsculo paréntesis.
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Lenny Bane
Cazador de Sombras



MensajeTema: Re: Contra las Sombras, ¡cuarta ronda!   Dom Sep 12, 2010 3:49 pm

Acaba de tocarle.
Era la primera vez en mi vida que lo hacía.
Notaba una sensación inquietante, un cosquilleo que oscilaba entre lo frío y lo caliente una y otra vez, sin dejarme decidir una de las dos opciones, allí donde habíamos chocado. Me acojoné.
Era como si llevara años pasando por delante de un escaparate y fijando la vista en algún objeto de la tienda, y de pronto, un día entraba y lo compraba. Un hecho irrelevante, simple a todas luces, pero con un ridículo significado metafísico. Me tensé instintivamente.
-Joder Adamatti, mira por dónde vas- protestó él, que simplemente pensaba que había tropezado con alguien-. Los ojos están para algo.
Aquella frase me dio de lleno en la cara, como si me acabara de soltar un guantazo.
Le miré espeluznado mientras se inclinaba a coger su mochila del suelo, y apreté los labios hasta convertirlos en una fina línea, notando de repente toda la irritación de aquellas últimas dos semanas aglomerándose dentro de mí, concentrándose alrededor del nombre Mackworth.
Le dirigí una mirada cargada de odio, quise gritarle, exclamar algo como “¡mis ojos no están para mírate a ti! ¡yo no te miro, ¿me oyes?! ¡no lo hago!”, pero mi garganta no articuló ningún sonido.
Apreté el puño y en cuanto se incorporó para seguir su camino, le pegué un puñetazo.
¿Le pegué un puñetazo?
Le pegué un puñetazo.
Se encogió sobre sí mismo unos segundos, el tiempo que tardé en exhalar y volver a tomar aire. La sensación del hombro la tenía ahora también en mis nudillos, allí donde había vuelto a tocarle. Mackworth no tardó mucho en reaccionar, me miró desconcertado. Desconcertado y arrabiatto, como decían en mi tierra, pero no podía compararse con lo que yo sentía en aquel momento. Alcé el brazo de nuevo para volver a pegarle, pero él se adelantó.
Me agarró por el cuello de la camisa y me estampó contra una pared del pasillo sin dejar de sujetarme con sus puños. No ofrecí resistencia contra aquello, quería que quisiera pegarme también, por una vez necesitaba saber que estábamos a la par, notar que la violencia le calaba tan hondo como a mí. Mackworth siempre había ido unos pasos por detrás en lo que a emociones se refería, era cierto que no me odiaba con tanta dedicación como yo a él. Y también era evidente que aquel inquieto cosquilleo del hombro, que después se había pasado al puño también y ahora se extendía a toda velocidad por el resto de mi cuerpo, él no lo estaba sintiendo. Pero no hacía falta, lo importante era que tuviera tantas ganas de pegarme como yo a él. Alcé mi rodilla, se la clavé en algún lugar por encima de su ombligo, e hice fuerza para apartarle de mí y tener espacio para actuar de nuevo.
Era como si el resto del mundo se hubiera desvanecido por completo y sólo estuviéramos él y yo, desahogándonos el uno con el otro a puñetazo limpio. Mackworth tenía más fuerza, aunque yo era más ágil, pero daba lo mismo. No quería ganar, quería pegarle… me sentía como si hubiera nacido para pegarle, y también para recibir sus golpes. No dolía, dolería en el momento en el que alguno de los dos diera por finalizada la pelea y yo me quedara solo con mis magulladuras; pero en aquel momento el hormigueo palpitaba como una corriente viva a través de mí, colapsándome, sin que pudiera pensar en nada que no fuera continuar con la pelea para prolongar esa emoción más tiempo. No podría describirlo como agradable, porque no lo era, pero sí necesario, como si me hubieran conectado a una silla eléctrica y supiera que en el momento en el que cesara la corriente me apagaría de nuevo y todo dejaría de importar.
Mackworth me agarró una vez más por el jersey, dándolo de sí, y se preparó de nuevo para pegarme. Yo le empujé con todas mis fuerzas y le imité. Notaba su respiración escalofriantemente cerca, y también notaba el calor que su cuerpo desprendía y que el descompuesto uniforme atrapaba, y sus ojos azules, implacables, fijos en mí, reflejando toda la incandescencia que aquel color permitía.
Una voz se filtró en mis oídos, demasiado lejana como para identificar quien era y lo que decía.
Dan!
Dan!
Para, joder.
-¡DAN! ¡JACQUES!- era Kyle- ¡Parecéis dos putos críos! ¡Parad ya!
De repente se interpuso entre el maldito Mackworth y yo, y aquel espacio abstracto en el que me había encontrado hasta entonces desapareció en un segundo. Volví al escenario real, los gritos de todo el montón de alumnos que había a nuestro alrededor, en cuya presencia yo ni había reparado, llegaron a mis oídos como una bofetada, como si acabaran de romper un cristal blindado.
Alguien, no sé si era Kyle, seguía hablando, pero yo no prestaba atención. Todas aquellas sensaciones se habían desvanecido de golpe, un golpe más contundente que cualquiera de los anteriores, y me quedé sin fuerzas. Miré a Kyle y miré a Mackworth, aunque no les miraba realmente a ellos.
Me di la vuelta y me alejé en dirección a mi dormitorio, con una sensación de abatimiento que no tenía nada que ver con el cansancio físico, ni con el dolor que empezaba a hacerse eco en determinadas partes de mi cuerpo.
¿Qué… había sido aquello?

La puerta de la habitación se abrió y Kyle entró por ella, con cara, supuse, de pocos amigos, aunque la verdad es que no me estaba fijando.
-Eres gilipollas, lo sabías ¿verdad?- dije con un tono que, a mí al menos, me pareció bastante mecánico.
-Oh, sí- contestó sarcástico-. Y tú eres la persona más inteligente al pelearte con un tío. ¿Se puede saber por qué os habéis peleado?
-No es asunto tuyo- murmuré. Seguía pensando en aquel cosquilleo incómodo que había notado antes y que ya no estaba. Sólo sentía una pequeña huella de ello, pero estaba hueca, no lo suficientemente fuerte como para sustituírlo, ni lo bastante como para olvidarlo del todo.
-Pues de puta madre- oí que decía. También oí un portazo, que conjuntaba a la perfección con su tono exasperado. Un conjunto que hubiera agradecido en el caso de Áurea aquella misma tarde, pero que, siendo él, no me importó.
Al cabo de un rato me levanté y fui al comedor. Le pedí al hermano de Mayra que me pusiera la cena para llevar y me la comí en forma de bocadillo en el jardín. Me notaba bastante despistado de la realidad. Cuando me di cuenta, ya habían pasado dos horas.
Me levanté y fui a mi dormitorio. Kyle ya estaba durmiendo. Llegué hasta mi cama sin encender la luz ni hacer ruido, para no despertarle, y me tumbé sobre el colchón sin molestarme en deshacerla. Hubiera jurado que tardaría horas en quedarme dormido porque no notaba síntomas de cansancio, pero en cuanto mi cabeza tocó la almohada caí rendido al sueño.

El despertador sonó un par de horas antes de las que yo hubiera estimado apropiadas, pero cuando me levanté me sentía bastante descansado. Mejor, era el día de la acampada y necesitaría fuerzas para la caminata que me esperaba por el medio del monte. Mientras Kyle estaba en el baño preparé una pequeña mochila con la muda del día siguiente y una linterna. Cuando mi compañero salió y cogió su mochila para bajar al comedor, me di una buena ducha, me calcé y fui a desayunar.
Cuando llegué al comedor ya estaba lleno de gente con sus correspondientes mochilas, que, dicho fuera de paso, parecían bastante más pesadas que la mía.
Mejor, pensé, así no me cansaré tanto
Todos parecían bastante adormilados, lo que aumentaba su torpeza, así que pude serpentear por la cola disimuladamente para coger mi taza de café y una rebanada de pan. Me senté en una mesa llena de desconocidos –bueno, creo que un par de ellos iban en mi clase, pero ni recordaba sus nombres ni había cruzado en la vida palabra con ellos- y empecé a tomar mi dosis de proteínas intentando ignorar el bullicio que había en el comedor.
-…Sí, el pelirrojo de ahí- escuché que alguien decía.
Me giré hacia mi derecha y vi a una niña unos cuantos cursos más pequeña señalándome disimuladamente desde la mesa de enfrente. La miré arqueando una ceja y se giró hacia su derecha, con la cortina de pelo de su melena tapándole la cara. Suspiré.
-…Ayer. Fíjate en su labio, se ve que le dio un rapapolvo bonito, bonito.
Volví la cabeza a mi derecha, había un chaval de primero de bachillerato riéndose con unos amigos. Riéndose de mí, como evidenciaban las miradas intermitentes que me echaban. Bueno, ¿qué diablos? Yo también me estaría riendo de mí si no fuera yo, si fuera cualquier otra persona a penas un poco menos patética. Y en la lista de patéticos de aquella sala estaba justo por detrás de aquel niño de unas mesas más al fondo que se acababa de meter una pajita por la nariz, seguramente para intentar impresionar a la amiguita de enfrente. Sí, supongo que ese era incluso más patético que yo.
-Yo he oído que pasó la noche en la enfermería y estuvieron a punto de no dejarle ir a la excursión- comentó otra persona.
Cogí mi mochila, me la eché al hombro y me levanté, dispuesto a esperar la hora de salida en el pasillo, donde al menos no tendría que escuchar aquello. No había dado ni tres pasos cuando la directora entró en el comedor, nos dio los buenos días y se subió a una tarima de madera que había pegada a una pared para que se la viera mejor cuando iba a dirigirse a sus súbditos.
-Chicos, puesto que vamos a pasar noche fuera, necesitamos llevar tiendas de campaña- empezó. Me apoyé en una pared al lado de la puerta para escuchar lo que decía. Aquella sabia frase prometía un discurso cargado de mensaje-. Cada profesor llevamos una, pero hay más tiendas que profesores y por eso hemos elegido unos cuantos chicos al azar de los dos últimos cursos para que lleven las restantes.
Vaya, ya empezamos con los voluntarios obligados.
-No se ha apuntado mucha gente- continuó, y juraría que me lanzó una mirada de reojo-, así que solo necesitaremos 10 chicos, que son: de primero de bachillerato, Matt, Juan, Alonso, Manuel y Carlos; y de segundo de bachillerato, Dan, Antoine, Kyle, Luis y Jacques. Dentro de media hora saldremos. Los nombrados por favor pasad por el despacho de la directora para recoger las tiendas.
Castigado a ir a la acampada y castigado a cargar con una tienda de campaña todo el camino, a la mierda la alegría de tener que cargar con poco peso. La seguí hasta su despacho y recibí la primera de las diez bolsas que había amontonadas en una esquina.

La mochila que había preparado en mi dormitorio no pesaba prácticamente nada, pero la tienda de campaña, con sus hierros y metros de tupida tela, eran otro asunto. ¿Por qué no habían obligado a ninguna chica a ser voluntaria? Aquella historia de que eran más débiles era una pamplina, en mi opinión. Estaba convencido de que más de la mitad de las de mi edad podían cargar con aquello mucho mejor que yo, que no era precisamente ningún cachas.
No obstante, mitad por el peso del que me había librado al tener mi mochila casi vacía, mitad porque no tenía a nadie con quien hablar y distraerme, iba de los primeros en el pelotón de gente que cruzaba el monte por aquel camino.
Después de media hora de camino, me convencí de que mi calzado no era el más adecuado para andar por el bosque, debería haber tomado ejemplo de todos los demás y comprado unos zapatos algo más deportivos; los míos estaban más cerca de parecer “los zapatos de ir a misa” que otra cosa. Me había deshecho de mi chándal y de los únicos tenis que tenía al dar por hecho que después de primero de bachillerato no volvería a hacer ejercicio obligatorio. Craso error.
Al cabo de un cuarto de hora, Kyle apareció a mi derecha. Parecía algo incómodo por el peso, le comprendía bien.
-Oye, Dan- dijo-, siento lo que te dije ayer. Estaba de mal humor, había tenido un mal día y no debí pagarlo contigo.
Ladeé el cuello en señal de “no pasa nada”, aunque no creo que lo entendiera.
-Lo mismo digo- respondí, y hablaba mucho más en serio de lo que él imaginaba. Se suponía que estaba en deuda con él, y de momento no había hecho demasiado para hacerle ver que lo sabía.
No intercambiamos más palabra.
Kyle tendría, probablemente, otros asuntos en los que pensar; y yo… creo que hubiera preferido que se hubiera puesto a hablarme de cualquier asunto, por insulso, aburrido o desconocido que me resultara, cualquier cosa que me hubiera impedido escuchar mis propios pensamientos. Porque sí, aunque llevara toda la mañana tratando de escapar de ello y fingir que nada hubiera pasado, seguía… asustado. La pelea del día anterior había puesto de manifiesto una verdad que podía llegar a ser muy peligrosa. Una verdad que Áurea había mencionado en su demente discurso, pero a la que ella no le había concedido toda la importancia que me merecía.
Por tranquilo, indiferente y controlado que permaneciera a lo largo de un día normal, Mackworth era capaz de hacerme saltar con una espeluznante facilidad.

Tres horas después los profesores pararon y dejaron sus bolsas en el suelo; habíamos llegado al lugar de acampada. Era un claro bastante extenso en el medio del bosque.
La directora, que estaba en el medio dirigiendo el cotarro, me señaló un extremo del lugar para colocar la tienda que llevaba a mis espaldas. Caminé hasta allí y me puse a montarla. Eché un vistazo a mi alrededor mientras sacaba las piquetas y las ponía en un montoncillo a mi lado; había bastante jaleo porque al parecer un considerable sector ni sabía prepararlas ni entendía las instrucciones. Eso, sumado a los consejos de profesores que en su vida habían pisado el campo, como la de literatura, estaba haciendo de un pequeño problema un lío considerable.
En fin, el profesor de tecnología no da abasto, me dije.
Agradecí mentalmente a mi padre por llevarnos a mi hermano y a mí de acampada al Lago di Garda aquel verano. “Todo Adamatti debe saber tres cosas en la vida, geografía mundial, buena educación y montar una tienda de campaña” había dicho mientras evaluaba cómo lo hacíamos. Y de paso le preguntaba al enano cuál era la capital de Etiopía, para cerciorarse de que lo había estudiado. Así que yo no tuve problemas en la tarea.
La parte negativa de saber hacer algo, supongo, es que todo el mundo quiere que le enseñes, de modo que al final monté con toda mi buena fe dos o tres más antes de cansarme y mandar a la mierda a quienes pedían socorro.

Cuando el campamento terminó de montarse, empezaron las estúpidas actividades. La directora, viendo mis intenciones de escabullirme, me lanzó una mirada de advertencia. Resoplé resignado y caminé hacia donde estaban los demás de mi curso, que ya habían empezado a formar grupos para jugar a algo llamado “atrapa la bandera” contra los de primero. Alguien tuvo que explicarme el funcionamiento de aquello, aunque supongo que a nadie le extrañó mucho que yo no fuera muy versado en cosas de equipo. También hubo juegos de cartas, entre ellos un tipo de póker en el que se apostaban piedrecitas. Algo sin sentido, si me preguntaban a mí, que había aprendido a jugar con mi madre y sus amigos y que lo convertían en algo entretenido porque aventuraban pequeños cuadros de sus propias colecciones y demás. Total, que regresé a la tienda con un bonito montón de guijarros.
De noche los profesores hicieron un círculo alrededor de una hoguera con los más pequeños, para contarles historias acerca de licantropía y un ridículo jugador de Hockey con una motosierra. No sé ellos, pero mi hermano no hubiera mostrado más interés en aquella historia que el saber en qué equipo jugaba aquel tipo. No obstante, el resto de alumnos estaban encantados con la idea de que de noche hubiera menos vigilancia y así poder hacer sus fechorías tranquilamente; un par de bromas pesadas, barra libre de alcohol barato y escarceos nocturnos en las tiendas de campaña más alejadas. De hecho, creí distinguir a Áurea corriendo de la mano del gilipollas de César Rivas, con el que parecía llevar una semana y pico.
A eso de las diez, la directora había formado los grupos de gente que dormiría junta –huelga decir que yo estaba radiante de felicidad por estar con Mackworth y Collins, aunque no me importaba tanto la compañía de Kyle y el que se sentaba a mi lado en clase, Antoine- y en qué tienda, así que supe a dónde tenía que ir para tratar de dormir.
Aquella sensación de tranquilidad- pesimista y algo cínica, sí, pero tranquilidad- desapareció en cuanto entré en la tienda. Mackworth estaba en el extremo opuesto a la abertura que hacía de puerta, pero aquello no resultaba lo bastante lejos como para no alterarme. Cuando había entrado antes a dejar el saco de dormir que me habían dado, no me había parecido tan pequeña como en aquel momento. La sensación de cosquilleo hueco volvió, haciéndome apartar los ojos de los suyos al instante. Sin mediar palabra me eché sobre mi esterilla y apreté los puños con fuerza, tratando de librarme de aquella sensación agobiante.
No quería pegarle, o no quería querer pegarle de nuevo, al menos, así que no lo iba a hacer. Pero notaba el instinto de buscar llenar aquel hormigueo para evitar que resultase tan tortuosamente cadencioso, y, por encima de ese, otro instinto aún mayor que sólo deseaba que las ganas de volver a sentir lo de la tarde anterior desaparecieran de una vez. Aún no era capaz de ponerle nombre a la emoción, principalmente porque yo no llevaba una vida demasiado llena de emociones y no era extraño que alguna se me escapase del contexto, pero desde luego algo tan imperante no presagiaba nada bueno.
Al cabo de un rato llegó Collins, y después los demás, y todos se metieron en su sacos de dormir y nadie dijo palabra. Probablemente los otros también estaban incómodos por la situación. Aquella quietud, más que tranquilizarme, me estaba removiendo cada vez más, así que cogí mi saco y sin hacer mucho ruido salí de la tienda, dispuesto a dormir al aire libre.

Me tumbé boca arriba. El cielo estaba tapado por las copas de los árboles que crecían juntos a mi lado, pero incluso así podía distinguir alguna estrella despuntando entre las ramas más altas. Empecé a pensar en los cuadros de constelaciones que tenía mi madre en su despacho de la galería en el centro de Valencia, a los que aquel paisaje me recordaba, y luego mi mente continuó paseando por recuerdos más próximos, perdiéndose entre los más recientes y menos agradables. Ni me paré en analizarlos, decidí darles vía libre para que fueran y viniesen cuando les diera la gana, pero sin implicarme en ellos, o acabaría con jaqueca y neurosis. Cuando me encontré lo suficientemente tranquilo y el cosquilleo cesó del todo, de una forma imperceptible, como una música suave que se va apagando lentamente hasta quedarse en puro silencio, me metí en el saco y me quedé dormido.

Un golpe en las costillas y un ruido sordo me despertaron. No fue muy agradable. Me senté con las piernas cruzadas, sin sacarlas del saco, y me revolví el pelo para desperezarme.
-¿Me puedes explicar qué diablos haces aquí, gnomo del bosque?- preguntó la voz de Mayra, sorprendida
Aquel calificativo sonaba más a broma que a insulto, supongo que es una maldición ser amable. La miré arqueando una ceja, algo aturdido todavía.
-Intentaba dormirme. Pero tú has aplastado mi seta- respondí, siguiendo con el juego de palabras.
-Y no puedes dormir haciéndote pasar por una persona normal en la tienda con los demás ¿verdad?- preguntó- Ah no…Olvidaba tus tics violentos.
La noté sentarse a mi lado, pero no la vi porque al oír aquello agaché la cabeza y la giré hacia otro lado. Estuve unos minutos en silencio antes de responder, con la mandíbula algo tensa.
- Si vas a llamarme imbécil y sermonearme, espera hasta la madrugada.
- Vamos Dan, no te pongas así- trató de animarme-. Todo el mundo se ha peleado alguna vez y...bueno, aunque tu pelea se deba más bien a algo relacionado con cierta morena que no soy yo. Por lo visto tengo algo en común con Jacques: ambos pagamos tus platos - dijo riéndose.
Me abrazó por los hombros, y yo me encogí ante aquel contacto. No entendía aquello de pagar los platos, pero al fin y al cabo no estaba muy al día en cuanto a frases hechas. La idea de que Áurea hubiera hablado con ella y le hubiera dicho lo que me había dicho a mí me alteró un instante, aunque mi voz sonó más bien apagada.
-¿Áurea te lo ha contado?
- No, prácticamente no- contestó. No me alivió tanto como esperaba que hiciera-. Me dijo que estabas enfadado con ella. No me dijo por qué. Tampoco le pregunté...no debería meterme en vuestras cosas. Lo siento.
Me alegró saber que pese a que hubiera terminado nuestra relación, Áurea no hubiera buscado la venganza de contar aquello a todo el mundo, aunque le hubiera resultado muy sencillo hacerlo, y estaba seguro de que había pocas cosas más gratificantes que algo así.
Estuvimos callados unos minutos.
-¡Oh no! ¡Otra vez no! – gritó Mayra de repente.
La miré extrañado y volví la cabeza hacia el lugar al que miraba.
Ante nosotros había aparecido aquel bicho que protagonizaba las pesadillas que a veces tenía sobre mi hermano, que era el mismo que me había provocado la quemadura en el abdomen, y que me hubiera provocado mucho más si Kyle no hubiera intervenido.
-¡Mierda!- exclamé, paralizado por la impresión.
A mi lado, Mayra se había levantado y rebuscaba nerviosamente en sus bolsillos mientras aquel bicho no dejaba de aproximarse a nosotros. El grito que mi hermano profería siempre en aquellos sueños se hizo eco en mi cabeza, sin que yo me moviera ni un ápice.
La luz de una linterna le dio de lleno a aquella criatura, haciéndola retorcerse sobre sí misma.
-¡DAN!
El grito de Mayra me hizo reaccionar por fin. Me levanté con rapidez y, al ver que la situación estaba relativamente controlada, corrí a la tienda a avisar a los demás.

Abrí la cremallera y entré atropelladamente.
-¡Kyle! ¡Despierta! ¡KYLE!- exclamé. Para lograr un mayor efecto le di un par de empujones en el costado haciendo que se balanceara.
-¿Qué coño pasa? Dan, quiero dormir- protestó con voz somnolienta.
-¡Kyle!- insistí. A él más que a nadie le debía aquello-. Algo raro está pasando ahí afuera. ¡Sal conmigo!
Esta vez sí me hizo caso, salimos afuera enseguida, y lo que vio hizo que mi compañero se terminara de despabilar del todo.
Había más bichos del mismo tipo que los de antes acercándose a nosotros. Las hogueras estaban apagadas, así que no se veía prácticamente nada. Kyle salió corriendo y volvió enseguida con una linterna. La encendió y apuntó con ellas a una de las cosas que nos estaban cercando, igual que había hecho Mayra antes.
-¡Dan!- me llamó- ¡Ve a despertar a los demás!
Asentí y volví a nuestra tienda corriendo. Le di un par de toques a Collins, que se revolvió pero no ofreció resistencia en despertarse y salió de allí con rapidez, igual que Antoine. Me quedé yo solo ahí mirando a Mackworth, que seguía durmiendo tranquilamente.
¡No es momento de pensar en las idioteces con Mackworth ahora, gilipollas! Dijo mi voz interna.
Tenía razón, por supuesto, pero me seguía resistiendo a tocarle de nuevo, sabía lo que pasaría si lo hacía, y era lo último que faltaba para coronar la noche.
Cogí una linterna que había cerca de la cremallera y se la tiré a los pies. Me aseguré de que se despertaba e incorporaba, y volví a la zona en la que estaban Kyle y los demás, desde la que se oían gritos. ¿Ningún profesor se había despertado? Cuando llegué a la zona, no sólo estaban Mayra y los de mi tienda, si no que había tres o cuatro chicas más, de las que sólo conocía a Samantha Scamander, la del talento para dibujar.
Instintivamente apuntamos con las linternas que había a aquellos bichos, que se fueron reduciendo hasta desaparecer del todo.
Cuando el ruido acabó, empecé a tratar de recuperar el aliento. No había sido consciente hasta ese momento de que estaba sudando, pero así era. Cuando normalicé el ritmo de la respiración, miré a los demás.
-Mack…- intenté decir, pero el grito de auxilio de alguien apagó mi murmullo- ¡Mayra!
Había algo negro, otro de aquellos bichos, que la tenía atrapada por la pierna. Corrí hacia ella para ayudarla a deshacerse de aquello, pero algo paró mis pies, me di de bruces contra el suelo, y me magullé la mano contra un montón de piedrecitas de póker de ludópatas en reinserción.
El bicho que me acababa de agarrar empezó a trepar por mis piernas, produciéndome dolorosos calambres allá por donde pasaba. La vista se me nubló, y me abstraje del campamento en el que estaba. Sólo quedábamos la más absoluta oscuridad, aquella criatura y yo, y la espontánea certeza de que de aquella no me libraba, que se cerraba el telón para siempre.
Los pintores más aclamados de la historia han muerto jóvenes, pensé, pero a ninguno le toman en serio si no alcanza los veintitrés.
Noté una punzada sobre la tripa. La quemadura ora vez no, joder, ¿no había un modo más original de morir? Cerré los ojos con fuerza, apreté los dientes todo lo que pude y tragué saliva audiblemente.
-Tengo un lienzo por terminar, por favor, tengo un lienzo por terminar, por favor, tengo un lienzo por terminar…- medio supliqué, no sabía muy bien a quién, sólo lo repetía como un mantra.
El bicho empezó a removerse inquieto, tratando de cubrirme más y produciendo calambres más seguidos, a la desesperada. Un grito desgarrado se quedó atrapado en mi garganta, sin llegar a salir, cuando noté que algo se quebraba dentro de mí. Algo bueno, para variar. De repente me sentí aliviado, una sensación cálida y luminosa que aun así no era exactamente placentera. Sin embargo, no me dolió, y la presencia del bicho que me agarraba se desvaneció y respiré tranquilo, a salvo, de algún modo.
Emití un pequeño quejido cuando la sensación remitió, y abrí los ojos. Todos los demás estaban tirados en el suelo, desmadejados, con el mismo aspecto que debía de tener yo, y pinta de acabar de pasar por la misma experiencia también. Todos estaban callados, mirándose los unos a los otros, constatando lo evidente.
¿Qué estaba diciendo antes de que Mayra chillara? Miré de reojo a Mackworth.
¡¿Qué cojones haces?!
Sobresaltado, me giré hacia ella y la abracé. Enterró la cabeza en mi hombro, agradeciendo el gesto, y entonces me di cuenta de lo realmente cansado debía de estar para haber sido capaz de recurrir a un abrazo -¡a un abrazo!- para evitar lo que quiera que hubiera podido pasar en aquel momento de enajenación mental de no haber tenido a Mayra cerca. No quería ni pensarlo.
-Ya habéis sido iniciados.
Me giré hacia la persona que había hablado detrás de nosotros, y ¿a quién me encontré? Al jodido profesor de gimnasia.
Aquello estaba empezando a adquirir cierto toque bizarro.
-¿Profesor?- preguntó Collins con una cara que, doy fe, era digna de enmarcar.
-Señor Delta a partir de ahora- corrigió el hombre-, si no os importa. Habéis sido iniciados para luchar contra las sombras y yo voy a ser vuestro instructor.
Entrecerré los ojos y, no pude evitarlo, me reí. Bajito, eso sí, no era cuestión de ser desconsiderado, pero es que… joder.
Aun así, había sacado algo en claro. Sombras. No era lo más usual para un ataque, pero desde luego era una palabra más concreta que “bicho”, o “cosa”, y también más apropiada que mi hipótesis del gato.
-¿Instructor?- preguntó alguien, cortando mi pequeña risa de golpe- ¿Para qué?
Miramos atentamente al profesor, yo particularmente me fijé en el aire gallardo que le daba ser el único allí que estaba de pie. Ah, no, Mackworth también lo estaba.
Maldito Mackworth…
-Para luchar contra lo que os ha atacado ahora mismo- contestó el hombre, echándose las manos a la espalda.
Kyle alzó la voz entonces, indignado.
-Y si sabía que nos iba a atacar, ¿por qué no nos ha ayudado? ¡Podríamos haber muerto!
-Si ese hubiese sido el caso las habría matado yo mismo-. Personalmente, no noté mucha convicción en su tono, pero claro, podía ser cosa mía, consecuencia de aquel ataque sobrenatural, o de la reciente experiencia cercana a la muerte-. El caso es que a partir de ahora necesitáis ser entrenados, siete días a la semana, cuatro semanas al mes y trescientos sesenta y cinco días al año.
-¡Já!- exclamó Antoine-. Y, cuanto, ¿veinticuatro horas al día?
-No- fue la seca respuesta del profesor, que parecía tener serios problemas para entender el sarcasmo, más incluso que yo. O tal vez no le importaban una mierda las figuras retóricas de un adolescente, a saber.- Cada día tendréis una hora y media para vosotros. Podéis estudiar, hacer los deberes, lo que queráis, pero en cuanto se acabe esa media hora debéis estar en el gimnasio para vuestro entrenamiento. Valoro mucho la puntualidad, por lo que si llegáis tarde, media hora de entrenamiento más, por minutos y persona. Y tampoco me gustan los maricones ni las niñas pijas, así que si escucho una queja durante el entrenamiento, media hora más por queja y persona.
Ese “no me gustan los maricones” no hizo que albergara mucha felicidad en mi interior. Por lo pronto, allí ya tenía medio. Un medio maricón, por cierto, que no había nacido con un cuerpo hecho para soportar grandes dosis de ejercicio físico, y al que se la tenía jurada desde hacía tiempo por autolesionarse a finales de curso para presentarse únicamente al examen teórico de la asignatura, con lo que sacaba un notable alto y además tenía una hora libre para dedicarme a pintar. Sí, aquel tipo nunca me perdonó del todo los justificantes médicos que le llevaba de parte de la enfermera conforme no podía hacer esfuerzos en un pie.
-¿Está loco?- pregunté. La verdad es que no era una pregunta retórica-. La directora se escandalizará.
-La directora ya está al corriente de lo que va a suceder a partir de ahora.
Oh, ¿por qué no me sorprende? Tanto interés en hacerme venir… lo que no tenía nada que ver, por cierto, con que me hubiera obligado a participar en las actividades. Aquella otra parte había sido pura mala intención.
-¿Y cuando quiere que durmamos?- preguntó Mayra enfadada.
-Por la noche. Tenéis entrenamiento hasta las 10. Se os servirá una cena a parte para reponer fuerzas y después a la cama. Pero claro, si llegáis tarde o si os quejáis ni cena y como poco a la cama a las 10.30 después de más de 5 horas de entrenamiento.
-Está loco- confirmé tranquilamente, como un “vaya, por Dios”.
-Y ahora a la cama, mañana os espera un largo día ya que recibiréis las consecuencias del ataque de esta noche.
Sí, gracias por no ahorrarme las agujetas, pensé, todo sea por la buena puesta en escena del discurso.
Me levanté y caminé hacia la tienda de campaña junto con los demás. No pensaba volver a tratar de dormir a la intemperie aquella noche, después de lo ocurrido. A la mañana siguiente recogería el saco, cuando nos fuéramos a ir, de momento podía dormir sobre la esterilla tapándome con la cazadora.
Alguien cerró la cremallera desde dentro y nadie intercambió más palabras. Me tumbé en el sitio de antes, adaptándome a las rugosidades del terreno que hacían de las camas un bien de lujo, y cerré los ojos.
Antes de quedarme dormido, reflexioné sobre lo que acababa de pasar. Unas “sombras” nos habían atacado en el medio del monte, pero eso, por alguna razón, no me estaba pareciendo ninguna locura ni me resultaba tan increíble como sonaba. Todo tenía sentido porque mi ex profesor de gimnasia quería que le llamáramos Señor Delta y se había autoproclamado entrenador vitalicio, tirando por tierra la parte académica de nuestra formación, todo sea dicho de paso.
Me encogí filosóficamente de hombros y me removí un poco.
Había pasado, sin embargo, algo realmente escalofriante aquella noche, lo que iba a evitar que tuviera un sueño del todo tranquilo, dejando aparte ataques sorpresa y luces internas que me salvaban la vida por los pelos.
¿Mackworth tiene gafas?

Al día siguiente, de vuelta al internado, todos los demás iban tan callados como yo, lo cual me hizo la caminata más amena, y no me resentí tanto de las magulladuras de la noche anterior, sumadas a las que la pelea me había brindado, y el dolor de pies que el calzado no adecuado causaba. Según fuimos llegando al edificio, me quité los zapatos y los tiré a una papelera, estaban para el arrastre. Luego fui al despacho de la directora a dejar la esterilla, el saco de dormir y la tienda de campaña que había tenido que cargar, y subí a mi habitación seguido por Kyle.
Nos tumbamos en nuestras respectivas camas. Él continuó en silencio, no sabía si porque seguía reflexionando sobre los acontecimientos o porque había perdido toda esperanza de entablar una conversación conmigo. Pues justo en aquel momento sí me vendría bien oír una voz que no fuera la mía propia retumbándome la cabeza. Rápidamente pensé algo que decir para conseguir que quisiera hablar. Descarté un par de temas sobre arquitectura helenística que no creo que le interesara y me decanté por algo con más posibilidades de seguir adelante.
Kyle encendió un cigarro.
-¿Crees que lo que dijo ayer el profesor de gimnasia iba en serio?- pregunté.
Sí, era una pregunta estúpida que me hacía quedar como un estúpido, teniendo como tenía la certeza de que había sido totalmente en serio y no veía ningún problema en creérmelo.
-No lo sé…- dijo-. Prefiero dejar ese tema apartado durante un tiempo.
No añadió nada más.
Pues vaya.
Cerró los ojos, supongo que para echarse una siesta, o algo, pero de repente los abrió de nuevo, sobresaltado, y sobresaltándome a mí también, y salió corriendo.
Suspiré. Tendría que buscar otra forma de dejar la mente en blanco hasta el día siguiente, al final me levanté de la cama y fui a por lo que quedaba de mi botella de Jack Daniel’s. Cuando regresé, descubrí el cigarro que Áurea me había dado el día de la discusión, medio oculto cerca de la almohada.
Si tú eres tabaco, yo soy Garibaldi, le dije antes de meterlo en la caja de pinceles de mi mochila.
Me tumbé sobre la cama y empecé a vaciar la botella. Al menos me aseguraría un sueño profundo.

El despertador sonó, provocándome un leve dolor de cabeza. Remoloneé entre las sábanas. Oh, dios, lo que hubiera dado por poder quedarme durmiendo más tiempo…
Me levanté y me di una ducha de agua fría para despertarme. Me lavé la cara, los dientes y me sacudí el pelo mojado sin preocuparme demasiado por él. Había crecido desde septiembre, la vez de mi último corte de pelo, antes de que empezara el curso, pero lo tenía lo suficientemente liso como para que no pareciera una escarola si no utilizaba secador. No me importaba que quedara algo revuelto.
Ya vestido, me até los cordones de los zapatos y me anudé la corbata.
Bajé al comedor y desayuné con rapidez. Por un momento casi me sorprendió no ver a Áurea caminando animadamente hacia mí para contarme a qué dos pobres víctimas tenía pensado emparejar, o qué sitio había descubierto en el pueblo y quería enseñarme, o simplemente darme los buenos días sonriendo y tratando de hacerme sonreír a mí también, con aquella vitalidad inhumana que llegaba a hacer que algunos incluso desconfiaran de sus intenciones.
A primera hora hubo un examen de historia. No lo había preparado durante el fin de semana, pero me salió bastante bien, teniendo en cuenta que era sobre la segunda Guerra Mundial y mi abuelo había sido soldado fascista hacía años. En la parte de Benito Mussolini, al menos, sacaría buena nota.
A última hora corregimos más ejercicios de sintaxis. Me llevé un positivo por hacer bien la mía cuando fue mi turno, y la profesora me lo quitó porque “no estaba atento” cuando Mackworth salió a la pizarra a analizar su oración.
Y una mierda no estaba "atento", me lamenté.

Subí a la habitación al terminar de comer para preparar la bolsa del entrenamiento. Además de tenis, tampoco tenía chándal de gimnasia, así que tuve que hacer un apaño con el pantalón deportivo que usaba de pijama y una camiseta con un cartel publicitario que apestaba a acetona y estaba llena de pintura, que era lo que utilizaba como trapo para lavar mis pinceles. Kyle también subió, y bajamos juntos al gimnasio cuando llegó la hora que el profesor de gimnasia nos había marcado.
-Buenas tardes, profesor- saludó cuando entramos. Fuimos los primeros en llegar.
-¡Señor Delta!- puntualizó el hombre.
-Buenas tardes, señor Delta- rectificó con cierto retintín.
El entrenador entró en su despacho, sacó un par de tenis viejos de tercera o cuarta mano y me los tendió.
-Nadie hace ejercicio con mocasines en mi gimnasio.
Me los calcé. Me quedaban un poco grandes, pero anudé fuerte los cordones y no hubo mayor problema. La peor parte era el olor que desprendían, la sensación de aquellas plantillas ajadas por los años y el sudor ajeno. Si no dejaba de pensar en eso rápido, mis pies iban a vomitar.
Por primera vez en tres años, hice un calentamiento, en el que el Señor Delta me obsequió con unas cuantas flexiones para “poner algo de carne en ese hueso”.
Cabrón rencoroso…
Después nos mandó hacer ejercicios de velocidad. Me sorprendí al ver que era más rápido que todas las chicas, aunque iba a la cola de los otros, por detrás de Collins y el trasero de…
¡Joder!
Deseé poder darme una bofetada.
Al terminar, el Señor Delta- me sentía tan ridículo llamándolo así…- anunció que a continuación íbamos a hacer unos ejercicios de confianza, y nos puso por parejas. Mi expresión se volvió horrorizada al oír con quién me tocaba.
¡Mierda! ¡no! ¡él otra vez!
No sabía qué cojones estaba pasando con la alineación de los planetas o con la puta ley de Murphy, pero desde luego no era sano, ni lógico, ni normal, que desde la pelea del viernes me encontrara ligado al maldito Mackworth en cada momento del día. Acabaría cometiendo una locura, e iría a la cárcel, y sabía lo que podía augurar un tipo como yo en la cárcel. Tan sólo quería huir de aquella demanda de hormigueo incandescente que había obtenido pegándole la otra vez; porque no estaba bien pegar a la gente, ni aunque se tratara de él en concreto, no eran buenos modales; pero sabía que en el momento en el que le tocara, seguramente no podría refrenarme del impulso de agarrarle por los hombros y estamparle contra una espaldera y… y… no sé.
Mackworth se acercó a mí a paso lento, seguramente tratando de arañar cada segundo que pudiera para tener menos tiempo de ejercicio. No obstante, parecía tan convencido como yo de que estábamos sentenciados a hacerlo, porque una protesta no traería más que represalias.
- Acabemos rápido con esto.- dijo cuando llegó a mi lado.
Se colocó detrás de mí, poniéndome bastante nervioso. Tensé la espalda, y los brazos, y las piernas, como si haciéndolo estuviera impermeabilizándome de cualquier posible sensación.
No, no, maldita sea, no lo hagas, dijo una vocecilla dentro de mí.
Hay que hacerlo, no quiero quedarme aquí hasta las once, protestó otra.
Tragué saliva audiblemente y me tiré hacia atrás indeciso, rezando para que me dejara caer al suelo.
No lo hizo, no sé por qué. Me mordí el labio con fuerza tratando de mantener la serenidad, y volví a echarme hacia atrás dos veces más, rígido como una tabla de madera, notando el burbujeo en las tripas.
Luego el profesor delta nos mandó cambiar posiciones, así que se colocó de espaldas frente a mí.
Estaba algo obnubilado por la sensación, el jodido cosquilleo de nuevo por mi columna vertebral. Me sacudí la cabeza para centrarme en lo que tenía que hacer.
Extendí los brazos titubeando, me mordí el labio de nuevo, retiré los brazos, apreté los dientes, extendí los brazos otra vez.
Céntrate en los hombros, sólo en los hombros, y no pasará nada.
Me hice caso, alcé la vista hacia la parte más alta de su espalda, traté de afianzar las manos.
Imagínate que es Kyle.
De acuerdo, de acuerdo.
Me llené los pulmones de aire y Kyle se echó hacia atrás. Volví a atraer los brazos hacia mí, negando con la cabeza.
¡Mierda, no, no es Kyle, es Mackworth! pensé alarmado.
En un último momento estiré las manos para cogerle, pero no fui lo suficiente rápido, ni conté con el suficiente tiempo, y se cayó al suelo. Su espalda dio contra mis piernas y yo caí sentado, por no haber estado con los pies en la tierra. Agaché la cabeza totalmente hacia el suelo, para ocultar la conmoción que reflejaba mi cara.
¿Qué has hecho?
El Señor Delta se acercó a nosotros y empezó a hablar, pero yo no le oía. Estaba con las piernas cruzadas y la espalda encorvada hacia el suelo, mirándome las manos con expresión lastimera, como si en vez de sangre circulara algún tipo de bebida con burbujas por las yemas de mis dedos. No dolía, era una sensación de expectación constante, similar a la del día de la pelea, como yo había presagiado.
Todo lo que había dicho Áurea el viernes había dejado de parecer tan ridículo y estúpido de repente, en aquel momento de certeza sin que importaran las consecuencias que estaba atravesando, y eso me tenía asustado porque significaba que… joder. Ni me atreví a alzar la cabeza por miedo a lo que me pudiera encontrar, por descubrir cómo me estaría mirando Mackworth.
-Os voy a mandar deberes- oí que decía el señor Delta-. Para la semana que viene quiero que me entreguéis dos folios escritos a ordenador de todo lo que habéis aprendido, positivo, del compañero que os acaba de tocar. Si no lo entregáis, dejaré de entrenaros. Lo que significará vuestra muerte.
Aquello me hubiera enfadado, o preocupado, en cualquier otro momento. Me estaba pidiendo algo que no iba a ser capaz de hacer, sencillamente porque no conocía ninguna buena cualidad de Mackworth. Pero no me afectó. Me puse de pie y fui junto a Kyle para hacer los ejercicios de fuerza que acababan de mandarnos, con una careta de indiferencia que imitaba bastante bien a mi expresión habitual, y después di vueltas al internado durante una hora. Lo mínimo era fingir que nada había pasado, y en aquel momento estaba demasiado confundido como para conocer realmente mi propia reacción.
Al acabar el entrenamiento cogí mi reloj de la mesa en la que lo había dejado. Estaba a punto de irme cuando vi que Collins también estaba por ahí aún.
No podía verle ni en pintura, y eso era decir mucho siendo yo, pero una minúscula parte racional que todavía conservaba me decía que si no hacía el trabajo que me había mandado el entrenador, todo iría a peor, y no quería ni saber cuál sería la definición de algo peor que aquello.
-Eh... Collins- le llamé tratando de parecer estable y moderadamente satisfecho conmigo mismo. Mucho más estable de lo que estaba en realidad, y de satisfecho ya ni comento nada-, yo... quiero pagarte para que escribas mi redacción sobre Mackworth
-¿Qué?- preguntó divertido. Argh, si él supiera...
-Eso- dije-. No te costará mucho decir cosas buenas de tu amigo en dos folios, imagino.
El muy imbécil sonrió. Lo último que necesitaba en aquel momento era recochineo, muchas gracias.
-Claro. Quiero sesenta. En efectivo, por supuesto.
Alcé las cejas. Menudo cabrón, sesenta euros por dos folios...
-¿Qué?
Él se hizo el interesante, alzó la barbilla e hizo gesto de ir a marcharse tan tranquilo.
-Bueno, siempre puedes escribir tú tu trabajo. Jacques es un tío de puta madre, seguro que le sacas cualidades a la mínima que lo intentes.
Fruncí el ceño. Aquella frase había sonado mucho más a puteo de lo que él podía imaginar, en su reducido esquema mental.
-Cuarenta- dije.
Volvió a girarse hacia mí, sonriendo como si fuera el tipo más inteligente y hábil del mundo.
-Cincuenta.
-Cuarenta y cinco.
-¡Venga ya!- protestó divertido-, ¿qué te importan cinco euros más o menos? redondeemos la cifra. Cincuenta.
Lo medité unos segundos. No es que fuera de familia pobre ni nada de eso, pero eran muchos euros a gastar en un trabajo de mierda.
-Máxima discreción. Que nadie se entere, y menos el profesor- advertí.
Me tendió la mano con aire triunfal.
-¿Trato hecho?
Observé su mano para evaluar si estaba lo suficientemente limpia y accedí.
-Trato.
Se marchó a cenar con los demás mientras yo fui a ducharme. Cincuenta euros por una redacción de dos páginas... maldito Mack... Collins.
Bajo el chorro de agua del baño, pude dar vía libre a mi expresión afligida. ¿A quién cojones quería engañar? Tragué saliva. Después de toda aquella avalancha de evidencias no se podía hacer nada para negarlo. Me había enamorado sin querer.

PD: Mil perdones y millones de gracias a Celia por ser tan magnánima, se me cae la cara de vergüenza ahora mismo xDD

PD2: Lum, creo que Áurea, mi pobre Áurea, se merece unas disculpas ^^

PD3: Pondré las cursivas que faltan por la tarde, ahora tengo que irme!
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Serena
Vampiro



MensajeTema: Re: Contra las Sombras, ¡cuarta ronda!   Dom Sep 12, 2010 8:01 pm

Escritores y escritoras del mundo, he de deciros que ya os podeis retirar del mercado y dejar de escribir estúpidas novelas de niñas torpes que son salvadas por super vampiros. La señorita Lenny os acaba de dejar en el paro, sed bienvenidos a la crisis. TQD


Sencillamente, maravilloso. El momento más esperado de Dan, Dios es que es taan adorable diciendo "maldito Mackworth", y con el culo de Jacques...es absoluta y completamente AAWWW

Y Áurea ha resultado ser más buena de lo que creiamos ¿eh? Nos engaño muy muy bien.
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Ain Lightwood
Nefilim



MensajeTema: Re: Contra las Sombras, ¡cuarta ronda!   Dom Sep 12, 2010 8:04 pm

Primero he de decirte que me has dejado así: . Sí, ahora mismo ésa es mi cara. Tu capítulo.. en serio... no me esperaba la mitad de las cosas q has puesto. Me encanta. Está increíblemente bien.
A Dan: si necesitas conuslo(q me parece q sí) estoy aquí XD

Oficialemente odio al señor Delta.

A Serena: estoy de acuerdo contigo. Meyer, tiembla q llega tu archienemiga Lenny XD.

El culo de Jacques... seguro q Ulliel tien un trasero... bueno q eso:
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celia Wayland
Duende



MensajeTema: Re: Contra las Sombras, ¡cuarta ronda!   Dom Sep 12, 2010 9:45 pm

LENNY ME HA ENCANTADOOO!!!
chicaaaaas mandadme ya los mp's con vuestros votos!! y cuando ya salagan los ganadoreees colgaré el siguiente capítulo en el otro foro!! asi que registraoooos!!
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Sarinda
Nefilim



MensajeTema: Re: Contra las Sombras, ¡cuarta ronda!   Lun Sep 13, 2010 4:54 pm

affraid affraid affraid affraid

I love you I love you I love you I love you I love you
Ha sido increíble! Ya tiro yo los libros de vampiros ya....... Jo-der, estoy que... joder, no puedo decir nada. Es que ha sido simplemente perfecto. Cuando Aurea ha dicho eso.... fue como si todas las piezas encajaran a la vez, jo-der. Yo... AMO A DAN! I love you I love you I love you
y el modo que describes sus sentimientos, todo.... en serio, tendré que pedirte un autografo que algun dia veré a todos los fans de Dan por la calle y ya no podré.......
y esta tan enamorado!!! Oooo.... ahora quiere que se queden juntos........pero Jacques..... Mmm.......Y Aurea ya me cae genial, se ve que sabe ser madura cuando es necesario. Eso es lo que yo digo la mejor personalidad, ser divertida, pero sin pasarse. Y, ademas, saber que lo de Matt y Cris hizo con buena intencion y que fue quien abrio los ojos a Dan... se ha convertido en una casamentera! Y bueno, tambien al saber que la directora le obligo ir a la acampada..... pobre Dan.......
Y bueno, el modo de pensar de Dan.... jajaja, en serio, no sé que mas decir, me ha encantado hasta más no poder!


Pufff.... vale, ya dejaré de babear por el capi..... los votos ¿no? Vale....... y luego la quinta ronda!!!
I love you I love you I love you I love you I love you I love you I love you I love you I love you I love you I love you I love you I love you I love you I love you I love you I love you I love you I love you I love you Cool
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Ain Lightwood
Nefilim



MensajeTema: Re: Contra las Sombras, ¡cuarta ronda!   Lun Sep 13, 2010 7:01 pm

Yo tengo unas problemas para registarme en el otro foro. Eh bueno... ahora voto XD.
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Ain Lightwood
Nefilim



MensajeTema: Re: Contra las Sombras, ¡cuarta ronda!   Lun Sep 13, 2010 7:26 pm

Lenny Bane escribió:


Dan, desde su homofobia italiana, ha decidido que Antoine sucks

Por dios... xDDDDD


Siento el doble post pero es q me encanta picar y eso: con que saqueo ehh....
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ScarlettJustice
Duende



MensajeTema: Re: Contra las Sombras, ¡cuarta ronda!   Jue Sep 16, 2010 11:30 pm

lo siento chicas.. pero.. me podrian dar el link del otro foro? Very Happy
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Lenny Bane
Cazador de Sombras



MensajeTema: Re: Contra las Sombras, ¡cuarta ronda!   Vie Sep 17, 2010 12:05 am

Oh, joder, nos faltaba Scarlett!! http://cdspain.forosactivos.com/forum.htm

Tienes que leer el cap de Celia y escoger una cosilla
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ScarlettJustice
Duende



MensajeTema: Re: Contra las Sombras, ¡cuarta ronda!   Vie Sep 17, 2010 12:15 am

lose, ya lei el cap (HH) desde antees... pero igual... tengo problemas para registrarme :S,, alguien me ayuda?
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Sarinda
Nefilim



MensajeTema: Re: Contra las Sombras, ¡cuarta ronda!   Vie Sep 17, 2010 4:21 pm

Tienes problemas para registrarte? Mmmm... Ain tambien los tuvo, y al final tuvo que registrar de nuevo con distinto nick y correo electronico -algo que le proporcioné yo.
Igual sea ese el problema... sino, si quieres, puedes enviarle el mp a celia de aqui, o le dices a alguien... pero tienes que registrarte!
Haz lo que te digo, cambia el nick y el CE, y sino funciona.... ya encontraremos alguna solución.
EDITO:

He visto tu nombre en el ultimo registrado, así que no será ese el problema... o ya lo solucionaste?
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MensajeTema: Re: Contra las Sombras, ¡cuarta ronda!   Hoy a las 7:00 pm

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Contra las Sombras, ¡cuarta ronda!
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